viernes, 10 de abril de 2009

CUARTA PALABRA: DIOS MIO, DIOS MIO ¿POR QUE ME HAS ABANDONADO?


Es impresionante el contexto en el que nos pone el Evangelio cuando cita estas palabras de Jesús: “toda la tierra se cubrió de tinieblas”. El ambiente que se nos describe es de pavor, de desolación. ¡Qué terrible debió ser para Jesús ese momento! Las películas sólo nos describen los tormentos físicos de la Pasión de Cristo, pero ni el mejor actor, ni el mejor guión cinematográfico o teatral pueden reproducir el dolo de Jesús de sentirse solo, abandonado, traicionado, insultado; y, lo peor, abandonado de Dios.
Las palabras del Salmo 21, que Jesús dice “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” constituyen la oración del hombre que siente que Dios le ha dejado solo, que ya no se preocupa de él, que no nos responde, que calla, que nos deja solos, sin importarle lo que sufrimos o lo que nos pase. ¡Qué momento más difícil! ¿Qué pasa, Señor, que te quedas callado?, Yo no me esperaba esto, tú me dijiste que ibas a estar conmigo siempre, y ahora parece que te has ido, que me has abandonado, que me has dejado solo en medio de mi debilidad ¿Qué paso?
Este salmo, que posiblemente Jesús rezo en la cruz, es la oración del hombre que siente que Dios le ha dejado, que casi cuestiona e increpa a Dios. Muchas veces ante el dolor decimos “Yo no le reclamo a Dios”, “yo acepto su voluntad”, pero en el fondo sentimos que Dios nos ha dejado solos. ¿Cómo un Dios que es Padre nos puede abandonar, puede permitir el mal y el dolor? Jesús lo sintió en carne propia y por eso lo manifiesta en esta palabra.
Dios sabe que, ante el sufrimiento, hay una oración de reclamo, de angustia de dolor, una oración que no nos atrevemos a decir por miedo a blasfemar. Pero no es blasfemia hablar con Dios con el fondo de nuestro corazón, porque ese deseo, ese sentimiento de dolor, Dios lo conoce y lo comprende. ¿Como no lo va a comprender si su Hijo mismo lo sintió?
Jesús se hace solidario con el dolor humano, con tu dolor, con tu pena: tus debilidades y tentaciones, tus incomprensiones, con tu dolor por causa de los pecados propios y ajenos; se siento solidario contigo cuando te sientes tentado a pensar que Dios ya no existe porque no te responde.
Pero el salmo, no es solo el dolor de la soledad, sino también un canto de esperanza: “contare tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré…”. Y los hechos nos demuestran que el mal no triunfará. Que Dios siempre tendrá la última palabra, quizás no será de inmediato, quizás pase algún tiempo, pero Dios tendrá siempre la última palabra.
Cuando me encuentro con gente que sufre, que siente que su fe se tambalea, ante el dolor, la muerte, el pecado, siempre le recuerdo que Jesús sintió lo mismo que ellos, que Jesús siendo Dios, se sintió abandonado de Dios, siendo inocente se hizo como pecado por nosotros. Porque Jesús fue hombre y quiso ser semejante a nosotros, quiso decirnos “yo sufro contigo, yo estoy contigo, yo lo padezco contigo, no estas solo, pero ten paciencia, que un dia esto pasara”. Y esa palabra siempre será tu bien, la vida y la resurrección.

Dedicado a mi amigo Marco Benavente, con quien empecé a meditar en estas palabras.
Foto: Santo Cristo de Burgos. Iglesia de San Agustín de Lima.

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