miércoles, 8 de abril de 2009

NOS AMO HASTA EL EXTREMO


"Antes de la Fiesta de la Pascua
sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre,
habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo
los amó hasta el extremo"
Juan 13, 1

San Ignacio de Loyola nos propone en los Ejercicios Espirituales que, al meditar la vida de Jesús, pidamos esta gracia "conocimiento interno del Señor para mejor amarle y seguirle". No se trata de un conocimiento intelectual, sino de conocerlo con el corazón, de conocer sus sentimientos, "su modo de proceder" a fin de hacerlo "nuestro modo de proceder", como pedía el P. Pedro Arrupe, S.J, en su "Invocación a Jesucristo modelo".
El Evangelio de la Misa de hoy, Jueves Santo, nos presenta los sentimientos del Corazón de Cristo en esta noche: "nos amó hasta el extremo". Siguiendo el esquema de la contemplación ignaciana "como si presente me hallase" me pregunto ¿Cómo se sentiría Jesús en la noche del primer Jueves Santo? ¿Cómo hablaría a sus dicípulos? ¿Cómo comería la cena pascual? ¿Cuales serían sus sentimientos al lavar los pies, al instituir la Eucaristía, al mandar que nos amemos como Él nos amó? ¿Qué sentimientos le embargarían al verse traicionado por uno de sus amigos?
Y también me pregunto ¿Y cual sería la reacción de sus discípulos al ver que "el Maestro y el Señor" les lava los pies, tarea propia de sirvientes y esclavos? ¿Qué sentimientos les llenarían el corazón al comer la Pascua, al escuchar al Maestro hablando como lo haría en esa noche?
Yo no me imagino una Última Cena fría, sin sentimientos, donde Jesús que hable con la autoridad y la majestad de un catedrático o de un líder religioso, sino con el corazón de un amigo, de esos amigos que, porque les queremos les hacemos caso. Y, viendo a Jesús hablar y actuar lleno de emoción, de cariño, quizás con lágrimas en los ojos, le preguntaría "¿por qué nos hablas asi?, ¿por qué actúas de esta manera?". Las respuestas nos la vuelve a dar el Evangelio: "ha llegado la hora de pasar de este mundo al Padre" y "nos amó hasta el extremo".
Cuando tenemos que despedirnos de alguien el corazón se resiste a la separación, las muestras de afecto son mayores y hacemos lo posible para que los últimos momentos sean intensos, para que nos recuerden siempre. Esto mismo sintio Jesús y es allí donde se queda con nosotros en la Eucaristía, para que hagamos esto en memoria suya, para recordarlo y hacerlo presente al partir el pan. Y no solo eso, sino que nos deja la lección de ser servidores de nuestros hermanos "se quitó el manto y se puso a lavar los pies a los discípulos", y nos manda "ámense unos a otros como yo les he amado".
Hay que reconocer que somos solo aprendices de cristianos: muchas veces no celebramos la Eucaristía para acordarnos de Jesús, sino para cumplir con ritos sociales; no queremos servir a nuestros hermanos, no queremos quitarnos nuestros "mantos", nuestros títulos, cargos y grados (académicos, religiosos y sociales) porque eso "sería rebajarse" o es tarea de otra clase de siervos; y en lo que respecta a "amarnos unos a otros", siempre habrá una persona de la que nos sentiremos "exonerados" de cumplir con el mandamiento nuevo porque es un ser detestable para la sociedad, o porque nos traicionó haciendo o diciendo esto o aquello, olvidándonos que en es conocerán que somos sus discípulos.
En este Jueves Santo pidamos a Jesús que nos de un corazón semejante al suyo, capaz de celebrar la Eucaristía para acordarse de Él y de todas las personas a las que Él tiene en su corazón; capaz de amar y servir a todos, sin miedo ni reservas, como lo hicieron tantos discípulos suyos a lo largo de la historia. En esta Hora de pasar de este mundo al Padre, escuchemos con el corazón al Amigo que come con nosotros, que nos amó y sirvió hasta el extremo y que nos pide que hagamos lo mismo "en memoria suya".

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