viernes, 10 de abril de 2009

SEGUNDA PALABRA: HOY ESTARAS CONMIGO EN EL PARAISO


Los condenados a muerte por delitos graves no nos inspiran compasión. Por lo general nos resultan personas repugnantes, que al verlas lo que sentimos hacia ellos un sentimiento de desprecio: “¿Qué habrá hecho?”, “Bien merecido lo tiene”. Es más, si tenemos la oportunidad de verlos antes de ser ejecutados se los gritamos y a veces pensamos que la pena de muerte es poco para lo que hicieron. Se me vienen a la mente las veces en que ante un delincuente, un criminal, un violador o un terrorista hemos tenido esos sentimientos de venganza y de odio.
Jesús y los dos bandidos no fueron la excepción: Ya a Jesús le habían gritado “¡Crucifícale!” seguramente también a los dos bandidos quienes, probablemente, hayan salido insultando al Nazareno cuya ejecución aceleraba la suya. No sería raro que, mientras los llevarían a ejecutar, les lloverían los insultos y las turbas se aglomerarían. Serían crucificados desnudos, morirían desangrados, de hambre y sed, de asfixia, y una vez muertos sus cadáveres quedarían expuestos en la cruz, hasta que los saquen y los arrojen a un precipicio, para que allí terminen siendo alimento de los animales y aves de rapiña. Ese era el destino de los condenados a muerte, y pudo ser el destino de Jesús.
No nos escandalicemos, si bien es cierto que aquella no era una época de ONGs que salgan en defensa de los derechos humanos, muchos de nosotros, en este siglo XXI, estaríamos felices y satisfechos si eso le ocurriese a tantos delincuentes de quienes decimos: “No tienen perdón de Dios”. ¡Seamos honestos!
Cuenta el Evangelio de Lucas que uno de los malhechores crucificados, le dice a Jesús: “Acuérdate de mi cuando llegues a tu reino”. ¿Qué? ¿Cómo puede decir que ese crucificado, al que muchos insultan es un Rey, que tiene un Reino al cual llegará un día? No, posiblemente ese hombre está delirando, debe estar alucinando cosas a causa de los tormentos de la crucifixión. Sin embargo, ese malhechor no se equivoca, en medio de sus dolor y de su castigo por los crímenes cometidos, brilla el esplendor de su fe: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino, aunque pasen miles de años, aunque tus súbditos mas justos y buenos que yo tengan prioridad, sólo te pido que te acuerdes del único que proclamó tu inocencia, cuando los demás te insultaban
La respuesta de Jesús no se deja esperar: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso”. No en miles de años, hoy estarás conmigo en el lugar de los justos, en el seno de Abraham, allí donde tus pecados te cerraron las puertas, yo te las abro y estarás allí, conmigo. No se escandalicen, pero debemos reconocer que este santo canonizado por el mismo Jesús, a quien la tradición ha llamado Dimas es, ni mas ni menos, que un delincuente arrepentido.
¿Cuándo entenderemos que Jesús ha venido a salvar a los pecadores, a aquellos que “no tienen perdón de Dios”? ¿Cuándo entenderemos que el Corazón de Cristo ama a los pecadores, a los delincuentes y criminales, a todos aquellos a quienes quisiéramos ver muertos o castigados “con todo el peso de la ley”, y que por ellos, SI POR ELLOS, Él dio su vida?
Nos hace falta tener los sentimientos del Corazón de Jesús para poder pedir por la conversión de muchos hermanos nuestros, para confiar y creer en la persona humana como lo hace Dios, que nos da siempre una nueva oportunidad, incluso en el último momento de nuestra vida.Y para Dios nada hay imposible, y puede convertir en santo a un pecador y a un criminal. Ese es el deseo del Corazón de Jesús. ¿Será también el nuestro?
Foto: Señor del Santuario de Santa Catalina. Lima.

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