viernes, 10 de abril de 2009

TERCERA PALABRA: MUJER AHI TIENES A TU HIJO. AHI TIENES A TU MADRE


Stabat Mater dolorosa
Juxta crucem lacrimosa.

En la sociedad hebrea, sociedad machista, la mujer no podía quedarse sola en la vida: tenía que depender de un hombre: cuando era niña dependía de su padre, cuando era joven y adulta de su esposo, cuando era anciana de su hijo. La mujer viuda era el símbolo del desamparo. La mujer sin hijos, la mujer sola era un signo de que Dios no estaba con ella.
María no tenía mas familia que Jesús. Ya antes del inicio de la vida pública de su Hijo había quedado viuda, y ahora que Jesús muere, se queda en la más absoluta soledad y abandono.
Dicen que “detrás de todo gran hombre hay una gran mujer”, y lo podemos apreciar en la vida de muchos de los grandes personajes de la historia, y también de la Iglesia: la esposa o la madre, son las grandes mujeres que están acompañando a los grandes hombres. Y Jesús no es la excepción, la mujer que estaba detrás de Él era su madre. Sin embargo, es curioso que, como dice una canción de José Antonio Olivar “no la nombra el Evangelio cuando triunfaba Jesús, María solo aparece cuando Cristo está en la cruz”. María casi no es nombrada durante la vida pública de Jesús, mantiene lo que llamamos un “perfil bajo”, sus últimas palabras fueron en Caná de Galilea: “Hagan todo lo que Él (Jesús) les diga”. Y sin embargo es la Gran Mujer que acompaña al Redentor, haciendo su reaparición en el momento de la muerte de su Hijo.
Me imagino que a María le deben haber avisado que Jesús estaba siendo procesado, enjuiciado, condenado a muerte; y ella, que estaba en Jerusalén para la Pascua, saldría corriendo a tratar de averiguar que pasaba. El corazón de una madre es así, sale al encuentro de su hijo en los momentos de dificultad. Y ese deseo de acercarse a su hijo en el momento difícil de la pasión, la llevaría a encontrarla llevando la cruz, como dice la tradición en la Calle de la Amargura y, después, en el Calvario. Allí, de pie, acompaña con una valentía que no excluye al dolor ni a las lágrimas, a su hijo.
He visto el calvario de muchas madres: de las madres tratando de conseguir un ingreso económico para sus hijos, de las madres esperando a sus hijos en un hospital o en las puertas de un penal para poder ver sus hijos purgando una condena, el calvario de las madres que lloran la muerte de un hijo; podemos añadir mas calvarios. Y las he visto, como María, al pie de las cruces de sus hijos con dolor y valentía, pero movidas por el amor que tienen las madres por sus hijos.
Al morir Jesús nos deja una única herencia: su madre. “Mujer allí tienes a tu hijo”; no solo para que no te quedes sola, sino para que recibas a todos aquellos a quienes tu Hijo redime porque los ama.
¡María, acógenos como acogiste a Jesús en Nazaret y en Belén, acógenos como Madre. Tú cuídanos, enséñanos, ayúdanos, corrigenos!
Y Jesús, como contrapartida, dice al discípulo "que más amaba" a nosotros por quienes da la vida por amor: "Allí tienes a tu Madre". Recibe a mi mamá, no solo para que cuides de ella y no se quede sola, sino para que ella cuide de ti y no te quedes solo; acógela con cariño y cuenta con ella con toda confianza. Ya tenemos una Madre, a quien recurrir, a quien pedir, sabiendo que ella pondrá nuestras inquietudes en el corazón de su Hijo.
Pongamonos bajo la protección de María, y pidámosle como San Ignacio de Loyola que ella "nos ponga junto a su hijo". Si queremos ser discípulos de Jesús, debemos comenzar por acoger y amar a su Madre.
Foto: Crucifijo del Santuario de Nuestra Señora de la Soledad. La foto la tomé en 1993, ojalá pronto lo veamos restaurado.

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