viernes, 22 de abril de 2011

LAS SIETE PALABRAS DEL HOMBRE A CRISTO EN LA CRUZ


Hoy, Viernes Santo, como ya lo hizo hace mas de 300 años el P. Francisco Del Castillo en la antigua iglesia de Nuestra Señora de los Desamparados, se medita, se comenta y se predican tus Siete Palabras. Cuando Tú hablas, Jesús, no lo haces para que nos quedemos callados, como mudos asistentes a una obra teatral, o a los tantos discursos que escuchamos. Tú no haces monólogos, porque cuando hablas dialogas con el hombre.
Y por eso hoy, quiero responder decirte algo sobre lo que nos has dicho en la Cruz, porque al hacerlo lo hago recordando lo que tantas veces he comentado con mucha gente y comparto el sentimiento que albergamos en nuestros corazones.
PRIMERA PALABRA: PADRE PERDÓNALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN
Jesús: Nos han enseñado a vengarnos. Nos han enseñado a que, si alguien nos ofende o nos hiere, tenemos no solo que defendernos, sino también hacerle un daño, lo contrario sería parecer tontos. Y si tenemos poder, tenemos que hacer sentir a nuestro adversario toda la fuerza del poder que detentamos para que aprenda “a no meterse con nosotros”.
Tú, en la Cruz, siendo Dios todopoderoso, no amenazas con vengarte. ¡Y podrías hacerlo: Tú eres Dios y puedes hacerlo de la manera más terrible posible! Sin embargo, le pides a tu Padre que nos perdone porque no sabemos lo que hacemos.
Tú sabes bien que el perdón es una muestra de amor muy grande. Sabes que perdonar significa dejar de lado todo sentimiento de rencor, de odio, de venganza. Pero el perdón que otorgas no es solo el olvido de las culpas, “borrón y cuenta nueva”. No. Tu perdón va más allá. Tú perdón es el abrazo de amor del Padre que acoge al hijo que se ha ido. Ese es el perdón que le pides al Padre que nos de a nosotros.
Tú, Jesús nos has enseñado a perdonar a nuestro prójimo. Y parece que no hemos aprendido la lección. Parece que incluso, en nombre de la “Justicia” (que muchas veces es la venganza disfrazada de legalidad), buscamos una y mil justificaciones para no perdonar. Hemos olvidado tus palabras “si al presentar tu ofrenda te acuerdas que tu hermano tiene algo en contra tuya, primero reconcíliate con tu hermano y después presenta tu ofrenda”. ¡La hemos olvidado incluso en tu Iglesia!
Jesús: Tú eres el Maestro, el que nos enseña no solo con palabras, sino también con sus obras. Enséñanos a perdonar con el corazón. Enséñanos a acoger al que nos ofende, a mirarlo como hermano y no como enemigo al que “tenemos” que destruir. Perdónanos por no ser buenos discípulos, por no saber perdonar; pero ayúdanos, con tu paciencia y con tu Corazón de Maestro bueno y sabio, a aprender a perdonar como Tú nos has perdonado.

SEGUNDA PALABRA: EN VERDAD TE DIGO: HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO
A veces nosotros “fichamos” a la gente. Decimos: “este es un pecador”, “tú no tienes remedio”, “gallina que come huevo…”. Y con esos calificativos juzgamos a nuestro prójimo y les cerramos las puertas de tu Reino.
Es impresionante este momento: uno de los que estaban crucificados contigo, ¡un delincuente! Te reconoce como Rey. ¡Este hombre está loco! ¿No será que los dolores de la crucifixión le han hecho perder la razón? ¿Quién, en su sano juicio, puede llamar “Rey” a un hombre destrozado por el dolor y condenado a muerte? Solo la fe nos hace decir cosas que para muchos parecen “irracionales”
Seguro que ese hombre ha oído hablar de ti: a lo mejor te ha escuchado predicar y no te dio importancia, quizás habrá visto alguno de tus milagros, de repente habrá comido en la multiplicación de los panes… No lo sabemos. Pero sabemos que a la hora de la muerte se encontró cara a cara contigo.
Aquel bandido pudo haber dicho, al igual que el otro crucificado con él: “tú que dices ser Hijo de Dios, sálvanos”; después de todo la muerte de Jesús aceleraba la suya. Pero aquel hombre, se dio cuenta de tu inocencia, y dejo brotar lo bueno de su corazón: te defiende porque no ve correcto que se insulte a un hombre bueno, y se reconoce pecador. Y solo te pide que un día te acuerdes de él. Nada más.
Jesús, Tú eres generoso: perdonas de corazón al pecador arrepentido: no le ofreces el recuerdo para dentro de muchos siglos, sino que le das el paraíso para ese mismo día. Tú convertías en santo al pecador; tu gracia y tu amor es tan grande que canonizabas a un delincuente arrepentido. Y es que tienes un Corazón grande. Basta el arrepentimiento sincero para que toda una vida de pecado quede en el olvido.
A ti, Jesucristo, que nos dijiste que habrá mas alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión, que te alegras por tantos pecadores que se convierten, por tantos bandidos, delincuentes, malhechores que se arrepienten y te buscan; te pedimos por tantos pecadores que, en medio de su fragilidad y de sus grandes pecados, necesitan tu perdón. Ayúdanos a mostrarles que eres Dios lleno de bondad, dispuesto a darles un abrazo y a llevarlos a tu Reino, para gozar de tu presencia para siempre.

TERCERA PALABRA: MUJER: AHÍ TIENES A TU HIJO. AHÍ TIENES A TU MADRE
María: ¡Qué grande es tu dolor!
Dicen que cuando perdemos a nuestros padres nos llaman “huérfanos”, cuando perdemos al cónyuge, nos llaman “viudos”; pero cuando perdemos a un hijo “eso no tiene nombre”. El dolor es grande, porque lo normal es que un hijo muera después que sus padres y porque los padres, que le dieron la vida a su hijo, no pueden evitar que la muerte se los arrebate.
María: tu único Hijo está muriendo en la Cruz. Te veo consternada porque debe ser terrible ver a un hijo tan cruelmente destrozado. Te veo llorando como tantas mujeres que ven sufrir a sus hijos. Pero eres valiente y estabas allí, de pie junto a la Cruz de tu Hijo.
Te vas a quedar sola, y Jesús le pide a Juan que te reciba como madre. Puede parecer una cuestión social: vas a quedar sola, sin familia y que mejor que el discípulo que mas amaba tu Hijo para que vele por ti. Pero Jesús no piensa solo en ti. Piensa en nosotros: no solo encarga que alguien vele por ti, sino que te encarga a ti que veles por nosotros. En medio del dolor de perder a Jesús, destrozado por la crucifixión, tu Hijo te nombra “Madre”, “Mamá” de todos sus discípulos.
¡Cuánta falta le hace al hombre la presencia de su madre! En el peligro o en el dolor siempre invocamos a nuestra madre, como si su sola presencia nos aliviara de todo el mal, y cuando ella está nos sentimos amparados.
María: te necesitamos como Madre nuestra. Necesitamos de una madre que, en nuestra vida de fe, nos ampare bajo su manto; necesitamos de una madre que aliente nuestra fe. Tú, que trajiste al mundo a Jesús, que lo conoces mejor que nadie, ponnos junto a tu Hijo.
Madre nuestra: acompaña a tantos hijos tuyos que están crucificados por la enfermedad, la falta de trabajo, la soledad, el vicio, la delincuencia; a tantos hijos que sufren por la destrucción de sus hogares, que son víctimas de la injusticia y el pecado del hombre. Acompaña a tus hijos que están solos que reclaman con lágrimas de niño la presencia y la ternura de su Madre.
Tú que eres Madre de Dios y Madre nuestra,
Ruega por nosotros, tus hijos pecadores,
Ahora y en la hora de nuestra muerte.

CUARTA PALABRA: DIOS MIO, DIOS MIO ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?
¡Qué terrible el dolor de la crucifixión! Tu Cuerpo está llagado, destrozado, “sin apariencia humana”, como dice Isaías. Ya el solo verte nos muestra cuan dolorosa es tu pasión.
Sin embargo, no es solo el dolor físico el que te atormenta: es también el dolor moral: suena la burla de tus enemigos, el insulto de quienes te rodean: “Si eres Hijo de Dios bájate de la Cruz y creeremos en ti…”; “Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes, sálvate”. Tú ves como te hieren las miradas de aquellos que se burlan de ti y se alegran con tu dolor. Es la sensación de la derrota, del dolor, del más absoluto fracaso.
Y en ese momento en que las tinieblas cubren la tierra, “la hora del hambre y la muerte” (como canta Carmelo Erdozain al hablarnos de la “Hora de Nona”), gritas a tu Padre lo que muchos hombres hemos gritado cuando nos hemos sentido impotentes ante el dolor y el fracaso, gritas lo que muchos no nos atrevemos a decir porque creemos que es tu “voluntad” ese dolor y nos piden que nos resignemos; gritas lo que sienten nuestros corazones cuando pedimos a Dios que nos escuche, que haga algo y ¡se queda callado!: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”
¿Por qué Dios mío, no escuchas mis ruegos? ¿Por qué no me concedes lo que te pedido, si te lo he pedido con tanta fe y confianza? ¿por qué permites este dolor, este sufrimiento, esta desgracia? ¿por qué si soy bueno, si no hago mal a nadie, si soy mejor que ese pecador a quien le concedes todo lo que te pide? Tantos “¿Por qué?”
Si Jesús. En ti ha gritado el hombre que en medio de su dolor clama a su Padre y a su Dios. Quizás en este momento brota la oración mas intensa del corazón humano, y quizás en este momento te hablamos con mas sinceridad que otras veces.
Pedro también en este momento nos debe sostener la fe: la fe en que el dolor y la muerte NO ES LA ULTIMA PALABRA DE DIOS, que aunque Dios calle no significa que nos haya olvidado, como no te olvidó a ti cuando dabas tu vida por la humanidad y, aunque no lo entendamos en ese momento, sabemos que Dios que es nuestro Padre dirá la última palabra de vida y resurrección.

QUINTA PALABRA: TENGO SED
No has comido ni bebido nada. Estás cansado, agotado con el dolor de la Crucifixión. La sed es la sensación mas terrible que siento el ser humano: podemos estar sin comer muchos días, pero sin beber ni 24 horas.
Pides agua y te dan vinagre, la “posca” que usaban los romanos para refrescarse y hasta para desinfectarse las heridas que se causaban al crucificar a los reos. Una bebida así no creo que calme la sed, quizás la haga mas insoportable.
Muchos, al meditar en esta palabra, hacen referencia a la sed que tienes de nosotros, sed de nuestro cariño, de nuestros corazones, de nuestra vida; y que nosotros, en lugar de aplacar tu sed, lo único que hacemos es darte vinagre: el vinagre de nuestra indiferencia, de nuestro pecado… y ahora el nuevo vinagre de una fe vivida “a nuestra manera”, o de un agnosticismo y ateísmo solo para evitar sentirnos cuestionados por ti… Ese vinagre que muchas veces es burla a tu dolor y aumenta tu sed.
Jesús: ya no queremos darte vinagre. Ayúdanos a saciar tu sed. No solo esa sed espiritual que sientes de nosotros, sino también esa sed que, en diversas formas la experimentas en nuestros hermanos: la sed de la solidaridad, la sed de la compañía, la sed de justicia, la sed de amor… Todo eso es muestra de tu sed en el hombre.
Ayúdanos a calmar tu sed, la que tienes de nosotros en la Cruz y la sed de nuestros hermanos que sufren; no a cuenta gotas, sino generosidad; con la misma generosidad con la que tu nos regalas tus dones, con amor, a manos llenas; y con el mismo cariño que sientes por al hombre a quien amas entrañablemente y con quien siempre has sido solidario.

SEXTA PALABRA: TODO ESTA CUMPLIDO
Has cumplido tu misión: has venido al mundo, has hecho la voluntad de tu Padre, pasaste por el mundo haciendo al bien. Todo lo hiciste bien. Has sufrido la pasión mas amarga. Y ahora, con la satisfacción de la misión cumplida, ya puedes irte en paz.
Cuando hemos cumplido bien el encargo que nos han dado nos sentimos tranquilos, en paz. Quizás no nos den una felicitación o una condecoración, pero en el fondo de nuestro corazón sabemos que hicimos lo que teníamos que hacer. Tú Jesús, hacia el final de tu vida tienes la satisfacción de la misión cumplida, de haber hecho siempre la voluntad del Padre; no hay quien te felicite, quien te diga "lo hiciste muy bien", es mas, humanamente has fracasado al morir de la manera más humillante; pero tu puedes decir "Todo está cumplido".
Por eso te pedimos que nos ayudes a cumplir bien con nuestro deber, con lo que nos encargan. Ayúdanos a descubrir tu voluntad en el trabajo de cada día, en nuestros deberes personales, familiares, profesionales, religiosos. A cumplirlo con amor, sabiendo que de esa manera nos vamos santificando y vamos construyendo tu reino. Ayúdanos a hacerlo aunque no nos aplaudan, ni nos feliciten ni nos den premios, porque sabemos que Tú te sentirás contento con nuestro esfuerzo. Por eso hago mías las palabras de esta oración: "Señor Jesús, enséñame a ser generoso, a servirte como mereces, a dar con generosidad, a combatir sin temor a las heridas, a trabajar sin buscar el descanso, a entregarme sin esperar otra recompensa que la de saber que hacemos tu santa voluntad".

SÉPTIMA PALABRA: PADRE EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU
Ha llegado el fin de tu vida, y ahora, entregas el espíritu.
Al escuchar esta palabra me viene a la mente la imagen de un niño pequeño, durmiendo en brazos de su padre o de su madre, seguro, sin miedo, protegido. Es el descanso mas hermoso que podemos contemplar. Y es así como descansas Jesús: terminas tu vida mortal y te pones en las manos de tu Padre, de tu "Abba", "Papito", con toda la ternura y confianza que la palabra encierra.
Nos has enseñado a llamar a Dios "Padre", no es el padre severo, símbolo de una autoridad despótica. No, ese no es tu Padre. Tú Padre es ternura, afecto, lleno de cariño total e incondicional como el padre del hijo pródigo. Y a ese Padre, que es amor, encomiendas tu espíritu, tu vida, tu obra. Y en Él descansas.
Jesús: enséñanos a confiar en tu Padre, ayúdanos a darnos cuenta que en Él podemos descansar, protegidos y amados incondicionalmente, que en Él podemos estar seguros, en medio de la desolación espiritual, porque él que es nuestro Padre vela por amor con todos sus hijos.
Que, como Tú, al final de nuestra vida, en la hora de nuestra muerte, pongamos nuestro espíritu en las manos de Dios Padre y descansemos seguros en los brazos de tu Padre por toda la eternidad y te alabemos por los siglos de los siglos. Amén.

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