
Las actuaciones por el "Día de la Madre", además de las poesías que solemos escuchar (de las cuales hay un repertorio inmenso) y de los discursos en los cuales se dicen cosas que, en su momento, nos movían a reflexión, pero de tanto repetir ya no suenan a nada (por ejemplo eso de "todos los días son el día de la madre"); tienen un componente que se ha hecho tradicional: las canastas con víveres que se sortean entre las madres que han colaborado. Sin embargo, en ocasiones como esta, la vida nos da lecciones: en otro salón de mi colegio la ganadora de la canasta fue una madre que no había colaborado en nada, lo cual originó una controversia, ya que no había cumplido con el requisito para participar en el sorteo; con todo la hicieron venir de su centro de labores (era trabajadora del hogar y por eso no había asistido a la actuación). Según me contaron la señora, llorando, pidió disculpas por no poder colaborar "ni siquiera con una caja de fósforos", pero no tenía dinero para hacerlo; pero todos comprendieron que la canasta se la llevó quien realmente la merecía.
Durante mi época escolar estuve involucrado en las actuaciones por esta fecha: desde aquella primera coreografía que hicimos en la "Sección amarilla" en 1975 en mis tiempos de Inicial, donde mi profesora Inés Gutierrez me hizo encabezar la fila (no recuerdo que hicimos, solo la melodía que, al piano, tocaba la mamá de una de mis compañeras y que correspondía a una canción que terminaba diciendo "te quiero a ti, una vuelta y nada mas"). En primaria declamaba poesías, en una de esas veces miraba fijamente a mi mamá (lo cual originó algunas críticas, porque me dijeron "Tu debías mirar a TODAS las madres, no solo a la tuya"); otro año cantamos "Zaña" que fue un auténtico desastre porque alguno se desafinó, y si no fuera por que Alexander Curay tocaba el cajón y no recuerdo quien se puso a bailar, hubiera sido una tragedia.
Y no solo en el colegio, recuerdo que en 1979, nos reunimos en la casa de mi abuela materna y los primos (varios éramos niños) improvisamos una actuación (con equipo de sonido y micrófono). Me tocó hacer el rol de "maestro de ceremonias" muy al estilo del recordado Pablo de Madalengoitia, donde entrevistaba a mi mamá, a mi abuelita y a alguna de mis tías; animaba y presentaba a mis primos que cantaban, declamaban y no se que más hacían. Aquella celebración fue memorable, no solo porque hice uno de los roles que mas me ha gustado (pude improvisar bien), sino porque fue el último año que mi abuelita Rosario estuvo con nosotros. Y ahora que recuerdo, creo que a la semana siguiente, me comí los famosos "nueve tamales", tal como lo narro en "Los tamales de la abuelita".
En secundaria recuerdo que me "colé" al coro que organizaba el profesor de música, don Lorenzo Humberto Sotomayor (me habían eliminado en el "casting") y cantamos, acompañados al piano por el mismo profesor, la canción "Madre mía", que años después la enseñé a los niños del colegio "Hermano Anselmo María" y a los acólitos de Desamparados (es curioso, pero después de casi 25 años de haberla cantado, recordaba no solo melodía, sino también la introducción al piano que hacía el Profesor Sotomayor, con lo cual pude tocarla tal cual la aprendí en el colegio a los 12 años). También di algunos discursos alusivos a la fecha de los cuales no recuerdo nada de lo que dije, y sospecho que quienes me habrán escuchado tampoco. Lo que si recuerdo con mucho cariño fue el agasajo que dimos a las madres en 5º de secundaria: un mano a mano poético entre Alexander Curay y su mamá (donde que quedó comprobado que lo que se hereda no se hurta), Martín Jurado declamó la letra del tango "Silencio en la noche" (impresionante y conmovedor, realmente se lució); y luego baile con las mamás.

Lo hermoso de estas actuaciones es ver el talento de los niños y jóvenes, su alegría de poder compartir con sus mamás, y la emoción de las madres (y también las abuelas) a quienes se les "cae la baba" al ver participar a sus hijos. Quizás se olviden de la poesía, se desafinen en la canción, no se escuche el teatro o falte ensayo al baile, pero para una madre siempre serán unas grandes estrellas; como lo fui yo para la mía en aquella actuación familiar o cuando declame mirándole a los ojos en 1980.
¡FELIZ DIA DE LA MADRE!