sábado, 9 de noviembre de 2019

LA MUERTE NO ES EL FINAL

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo "C"

Lecturas Bíblicas:
1º Lectura 2 Macabeos 7, 1-2. 9-14
Salmo 16: Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor
2º Lectura: 2 Tesalonicenses 2, 15- 3,5
Evangelio: Lucas 20, 27-38

"Se que la muerte es solo cerrar los ojos, dormir en paz,
y despertarse alegre en tu bondad,
se que en tus brazos, Padre, la noche estalla de claridad,
cuando nos das tu beso de eternidad"
(Canción "Mi amigo vive" de Cesáreo Gabaraín)

El relato de la primera lectura es realmente escalofriante: siete jóvenes son torturados y asesinados por causa de su fe, en presencia de su madre; pero hay algo sorprendente:no son como aquellos que enarbolan una causa política, esperando que esta triunfe, mueren confiando en Dios, que los resucitará para la vida eterna como recompensa por su fidelidad.
En tiempos de Jesús el tema de la resurrección de los muertos no estaba del todo zanjado: los fariseos creían en ello, los saduceos (grupo al que pertenecía la casta sacerdotal) no; por ello, son estos últimos quienes le plantean a Jesús el caso de la mujer que se casa con un hombre que muere sin dejar descendencia y, en cumplimiento de la "Ley del levirato" (que mandaba casarse al hermano con la viuda para dar descendencia al difunto) esta mujer se casó con siete hermanos, no tiene descendencia y al final muere ella. Cuando resuciten los muertos ¿quién será su marido? Me imagino que Jesús, al oír su inquietud, habrá soltado una carcajada y podría decir, como una propaganda que se hacía en los años setenta "Esa pregunta ni se pregunta".
La realidad después de la muerte es diferente a la de este mundo: en la resurrección ya no habrá matrimonio ni muerte, "son como ángeles, son como hijos de Dios", y Él será su realidad, su gozo su paz. Pero Jesús, además, reafirma la enseñanza: Dios es un Dios de vivos y no de muertos, los que ya no están en este mundo viven para Dios.
¿Qué hay después de la muerte? Esta es la pregunta que durante siglos se ha planteado la humanidad, muchas civilizaciones han intuido que hay vida después de la muerte, y realizaban ritos funerarios preparando a sus difuntos para el viaje al "mas allá" de la manera mas agradable posible; también han querido averiguar, a través de espiritistas y brujos como es la vida después de la muerte y alguna "información" para sacar ventaja en alguna situación difícil. En eso quizás nos parecemos a los saduceos, en que queremos "saber" que hay fuera de este mundo, sin tomarnos en serio que nos espera una resurrección para la vida, si es que somos fieles.
Sabemos que vamos a morir, lo recordamos la semana pasada que conmemoramos a los fieles difuntos; pero también sabemos que Dios no nos ha creado para que pasemos algún tiempo en la tierra y después desaparezcamos, que nos quiere vivos en su Reino, nos quiere resucitados para la vida eterna. Esa confianza, que ya la tenían los hermanos Macabeos, nos la fortalece Jesús, el vencedor de la muerte, el primer resucitado; no interesan los detalles de "como es" el mas allá. algunos santos videntes usarán figuras y símbolos para hablar del cielo donde está Dios, del purgatorio donde nos purificamos antes de llegar al cielo, o del infierno donde el mayor tormento es no poder gozar jamás de la gloria de Dios.
Hoy pongamos nuestra confianza en Jesús que nos promete la resurrección para la vida eterna si es que somos fieles; que no quiere la muerte de ninguno de sus hijos a los que ha llamado a la vida por amor. Pongamos nuestra esperanza en María a quien le decimos con frecuencia "Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte".

viernes, 1 de noviembre de 2019

LA ALEGRÍA DE LA CONVERSIÓN

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo "C"

Lecturas Bíblicas:
1° Lectura:Sabiduría 11, 23-12, 2
Salmo 144: Te ensalzaré, Dios mío, mi Rey.
2° Lectura: 2 Tesalonicenses 1, 11- 2, 2
Evangelio: Lucas 19, 1-10

Zaqueo era "jefe de publicanos", como si el Evangelio quisiera decirnos que era "peor que los otros", mas abusivo, más ladrón, mas corrupto: vivía en Jericó (se me viene a la mente la parábola del Buen Samaritano, en que el hombre fue asaltado camino a esa ciudad, como si la zona fuera un poco peligrosa); y además de baja estatura (¿por qué siempre en la televisión los jefes de las mafias son "chatos"?).
Pero este hombre pecador tuvo la curiosidad de conocer a Jesús, no le interesa treparse a un árbol como si fuera un niño, solo quería ver al Maestro de quien seguramente ha oído hablar. Y Jesús lo ve, y lo llama. "Tú que has venido a llamar a los pecadores, Cristo ten piedad", rezamos en el Acto penitencial de a Misa. Jesús ha llamado por su nombre a un pecador y va a comer a su casa. ¡Qué escándalo! Un profeta un hombre de Dios no debe entrar a comer en casa de un pecador, de un corrupto, de un traidor a la patria, servidor de Roma. Pero si de salvar a una persona se trata, Jesús no tiene problema en entrar a su casa.
Zaqueo está contento, ¿qué habrán conversado? No creo que Jesús se haya dedicado a recriminarle por sus pecados, seguro habrá sido la comida más alegre y feliz que Zaqueo haya tenido. Y este encuentro fue suficiente para tomar la mejor decisión de su vida: arrepentirse de su pecado, enmendarse y reparar el daño que haya hecho. Y nadie le impone ninguna penitencia, él solito dice "Doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he abusado de alguien le devolveré cuatro veces mas". Y no hay ningún pesar, ni una cara larga, ni un momento desagradable; Zaqueo está feliz porque Jesús lo llamó con cariño, fue a su casa, bastó ese encuentro para que todo cambie.
"Te compadeces de todos... cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan... Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida". Dios nos ha creado con amor, y quiere que vivamos una vida digna; el pecado destruye esa vida que Dios ha creado, pero Él, en lugar de buscar vengarse, da muchas oportunidades al ser humano, a fin de que se arrepienta: "a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida"; a pesar de nuestros pecados Dios nos ama y nos quiere vivos, por ello nos perdona, es "lento a la cólera y rico en piedad".
Jesús nos dijo que "hay mas alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse", pero la alegría no se quedó en el cielo, sino que llegó y desbordó el corazón de Zaqueo. ¿Sentimos alegría cuando Dios nos perdona? En el sacramento de la Penitencia ser da ese encuentro entre Jesús y el pecador, un encuentro que sana el corazón afligido, pero que debe dar vida, esperanza y alegría aún al pecador mas miserable. La penitencia que se impone en las confesiones ¿son oraciones dichas por rutina o buscan reparar en algo el daño causado por el pecado? Recuerdo a un sacerdote que, a los niños que se confesaban que se habían portado mal con su mamá, les decía "En penitencia anda a darle un beso a tu madre", y es que el beso de un hijo arrepentido, puede reparar mucho más que rezar cien veces el Padre nuestro de manera mecánica.
Hoy pidamos al Señor la alegría de la conversión, que brota del encuentro con Dios que tiene misericordia de sus hijos, que nos hace capaz de reparar el daño ocasionado por nuestros pecados. Pidamos esa alegría de la conversión para aquellas personas que no hacen nada por corregirse, que descubran el rostro de Dios que los amó desde siempre y los llamó a la vida como sus hijos para siempre.

domingo, 27 de octubre de 2019

FARISEOS Y PUBLICANOS


DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo "C"
Lecturas Bíblicas:
1° Lectura: Eclesiástico 35, 15b-17. 20-22a
Salmo 33: Si el afligido invoca al Señor, El lo escucha.
2° Lectura: 2 Timoteo 4, 6-8. 16-18
Evangelio: Lucas 18, 9-14

El Evangelio de hoy nos presenta dos tipos de personas: por un lado están los fariseos quienes cumplían la ley hasta el más mínimo detalle; pero no pocas veces se fijaban en minucias, olvidándose de la justicia y la misericordia, y lo más grave de todo era que despreciaban a aquellos que no vivían su fe al mismo modo que ellos; y por otro lado están los publicanos, cobradores de impuestos al servicio del Imperio Romano, considerados como pecadores públicos y traidores a la patria, corruptos que abusaban de la gente cobrando tribustos más altos para llenarse los bolsillos.

La oración del fariseo muestra su forma de relacionarse con el Señor: el amor de Dios hay que merecerlo, ganarlo con el cumplimiento de la ley y cuanto más ayunos y sacrificios, mejor, solo le faltó decir: “Señor, apláudeme”. Por su lado el publicano se dirige a Dios con vergüenza, se reconoce pecador, y le pide su misericordia. La conclusión de Jesús es que el publicano vuelve a su casa “justificado”, hecho justo por Dios, perdonado, acogido, pero el fariseo no, porque no necesita de Dios, ya está bien “recompensado”.

No soy como los otros” Todos tenemos un fariseo dentro, seamos conservadores o progresistas, tenemos la tendencia a considerarnos mejores que los demás y los despreciamos, a los que son “como nosotros” les pasamos por alto sus defectos y errores, pero a los “otros” los condenamos con mucha facilidad; la soberbia nos gana. Nos falta la humildad del publicano, se muestra a Dios tal cual es, pide su misericordia, y recibe el perdón, la gracia; es él quien, sin cumplir la ley al detalle, ni hacer sacrificios, está más cerca de Dios.

El papa Francisco ha puesto mucho énfasis en la misericordia de Dios, es mostrarnos que el amor de Dios es gratuito, que no hacemos un concurso de méritos para llegar hasta El, basta con acercarnos con humildad, reconocernos frágiles; Dios nos ama y conoce nuestro barro. Muchos lo han criticado por esto, siguen creyendo que el amor de Dios “hay que merecerlo”, si así fuera no perdonaría a los pecadores, Jesús no habría contado la parábola del “Hijo pródigo”, ni habría regalado su perdón a la mujer que le ungió los pies con perfume o a la adúltera.

Pidamos a Dios un corazón humilde, que se reconozca frágil, que aunque no haya cometido los pecados de “los otro” no está libre de caer en ellos. Oremos por tantos hermanos que no se atreven a acercarse a Dios porque saben que sus culpas son muy graves, hagámonos solidarios con ellos, que nuestro corazón no los condene, sino más bien los comprenda y acoja. Dios rechaza a los soberbios, pero acoge a los humildes y sencillos.

 

domingo, 20 de octubre de 2019

ORAR CON INSISTENCIA

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo "C"

Lecturas Bíblicas:
1º Lectura: Éxodo17, 8-13
Salmo 120: El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra
2º Lectura: 2 Timoteo 3, 14- 4, 2
Evangelio: Lucas 18, 1-8

La parábola de hoy nos presenta dos personajes: por un lado, un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres, que ha sido identificado como un funcionario corrupto aunque, mas bien, creo que se trata de una persona que no tiene obligación de dar cuenta a nadie de sus actos, que no tiene superiores que le puedan fiscalizarlo o quitarle su poder, y que por eso puede actuar como quiere; y por otro lado la viuda, una mujer indefensa no solo por ser mujer, sino también por no tener un esposo que la defienda, que posiblemente se encontraría en un juicio con algún acreedor que podía quitarle lo poco que tenía; pero, por la manera como actúa, da la impresión que es una mujer "de armas tomar", porque tengamos en cuenta que las costumbres en tiempos de Jesús no le permitían a las mujeres dirigirse con libertad a los hombres, y ésta, además de "cargosa", le puede golpear en la cara al juez.
También llama la atención que Jesús, de alguna manera, compare a su Padre con un juez injusto, y es que ambos no tienen otro superior a quien dar cuentas, así que pueden actuar como deseen. Pero, la gran diferencia está en que el juez hace justicia porque harto de los reclamos de la viuda, (y también por temor a una agresión física); Dios escucha a sus elegidos porque los ama, porque son sus hijos, porque no quiere el sufrimiento de aquellos a quienes ha dado la vida.
Jesús nos invita a orar con confianza y sin desfallecer. Es verdad que cuando le pedimos algo a Dios lo hacemos desde nuestro punto de vista, lo que queremos, lo que nos conviene, pocas veces pensamos si nuestra petición podría perjudicar o al menos no gustar a otros. Sin embargo, hemos de orar con fe, pedirle con fe sabiendo que Él puede concedernos lo que pedimos, y que en definitiva, el nos concederá los que venga mejor para todos sus hijos, porque como decía el P. Antonio Alonso,. S.J. es infinitamente bueno, sabio y poderoso.
Y así nos invita a orar Jesús, con fe y con insistencia, con la confianza de que Dios no da de largas a sus hijos, con la insistencia de quien necesita algo y sabe que lo pide a la persona indicada; con la confianza de que Dios es tu Padre que no te dará un huevo o un escorpión, sino lo que necesitas, que es el quien tiene la última palabra, que será su palabra y su voluntad todopoderosa la que tenga la última palabra.
Que al reflexionar en esta parábola nos demos cuenta que que tenemos un Dios que es Padre y que está atento a nuestras necesidades porque somos sus hijos.

sábado, 12 de octubre de 2019

ES DE BIEN NACIDOS SER AGRADECIDOS

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo "C"

Lecturas bíblicas:
1º Lectura: 2 Reyes 5, 14-17
Salmo 97: El Señor revela a las naciones su justicia
2º Lectura: 2 Timoteo 2, 8-13
Evangelio: Lucas 17, 11-19

Como ya hemos hablado en otras ocasiones la lepra era un grave problema de salud pública, quien la padecía era excluido de la comunidad por temor al contagio, estaban condenados a vivir lejos de su familia, de la sociedad y hasta del culto. Por otro lado, al no estar la medicina tan desarrollada, algunas enfermedades de la piel eran consideradas como lepra, de allí que algunas se curaban y otras no.
Estos diez leprosos ven a lo lejos a Jesús (no podían acercarse, eran impuros y corrían el riesgo de ser agredidos) y le gritan pidiendo compasión, y Jesús, sin hacer gesto alguno, les manda a los sacerdotes para que, de acuerdo a la ley de Moisés, certifique que se han curado, cosa que sucede mientras van de camino. Pero he aquí que de los diez, solo uno, al verse curado, regresa donde Jesús; y por si fuera poco, era un samaritano, es decir un extranjero, un separado, un hereje...
"Es de bien nacidos ser agradecidos", dice un refrán. Para el samaritano lo más importante no era tanto tener el "certificado de curación" que le podía dar el sacerdote del templo, sino más bien agradecer el bien recibido: podía volver a hacer su vida familiar, social, podía acercarse a Dios sin temor a ser rechazado a pedradas... Y su alegría es muy grande: por eso vuelve alabando a Dios con grandes gritos, no puede quedarse callado: ha vuelto a la vida. Y por eso Jesús le dice: "Tu fe te ha salvado".
La primera lectura nos ha contado un relato semejante (valdría la pena leer, en forma completa, el capítulo 5 del segundo libro de los Reyes, para entender el contexto del relato): Naamán, un general sirio, pagano, enfermo de lepra recurre al profeta Eliseo para ser curado, este le manda bañarse siete veces en el río Jordán y quedó curado, y su alegría es tan grande que quiere darle obsequios a Eliseo y hace el propósito de servir al Señor, es decir al Dios de Israel. En ambos casos los dos extranjeros son curados por la mano de Dios y los dos son agradecidos; pero no solo han recuperado la salud: se han encontrado con alguien que les ha cambiado la vida.
¿Somos agradecidos con Dios por lo que hemos recibido de Él? Toda gracia, todo favor, todo bien que henos recibido de Dios son una muestra de su amor, de su misericordia, de que nos mira con cariño; pero también son la oportunidad de encontrarnos con Él, de dejarnos salvar por Él, de seguirle a Él. Y ante tanto amor que Dios nos regala nuestra única respuesta es ser agradecidos con Él, no solo alabando su bondad, sino siguiendo el camino de Jesús, porque cuando nos encontramos con Él, nuestra vida queda marcada.
¿Somos agradecidos con las personas que hacen algo por nosotros? Una canción para niños que escuché hace años dice que palabras como "muchas gracias" y "por favor" tienen "mucha magia"; y es que no solo son muestras de "buena educación", sino que pueden tocar los corazones, "romper hielos", tender puentes, establecer relaciones, ganar amigos. Se me viene a la mente el cuento de "Androcles y el león": un esclavo que ha escapado de su amo y se encuentra con un león que no puede atacarlo, porque tiene una espina en la pata que le impide moverse, él le quita la espina y el león deja de sufrir; pero Adrocles es apresado y condenado a ser devorado por un león, y cuando es llevado al coliseo para cumplir con su castigo, el león hambriento lo reconoce y no lo ataca. No esperemos que Dios agradezca "en el mas allá"a quienes nos hacen algún bien, Él también muestra su agradecimiento a  través de sus hijos, ¡no seamos ingratos!
Pidamos a Dios un corazón agradecido, que reconozca el bien que Dios nos da, que sea generoso con aquellos que nos hacen algún bien, que nunca olvide lo bueno que hayamos recibido de los demás; que sepa perdonar los gestos de ingratitud que nunca faltan. Pidamos a Jesús un corazón como el suyo.

sábado, 5 de octubre de 2019

FE

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo "C"

Lecturas Bíblicas:
1º Lectura: Habacuc 1, 2-3. 2, 2-4
Salmo 94: Escucharemos tu voz, Señor.
2º Lectura: 2 Timoteo 1, 6-8. 13-14
Evangelio: Lucas 17, 5-10

La fe se define como la virtud teologal que nos permite confiar en Dios.Todos queremos tener mas fe, más confianza en Jesús, una fe que no admita dudas ni crisis, que haga maravillas deslumbrantes, y siempre hablamos de la fe de María, de los santos que en medio de todo, nunca dejaron de confiar en el Señor. Los discípulos le piden a Jesús "Auméntanos la fe", y él, en su respuesta, les dice que, si tuvieran una fe tan pequeña como un granito de mostaza, harían maravillas.
¡Cuanto quisiéramos una fe así!
Sin embargo la fe se manifiesta en todo su grandeza, precisamente "cuando las papas queman", cuando las dificultades parecen destruirnos: miremos la fe de María al pie de la cruz; la fe del ladrón que cree que Jesús es Rey cuando lo ve crucificado e insultado, la fe de los mártires que entregan su vida por el Evangelio cuando son maltratados, la fe de tantos hombres y mujeres sencillos que en medio de las adversidades saben que Dios no los va a defraudar y, aunque las cosas no salgan como esperan, saben que Dios dispone algo mejor para ellos.
Quizás la mayor experiencia de fe no sea hacer que se muevan las montañas y los árboles, ni siquiera la posibilidad de hacer milagros, sino de poner el corazón en las manos de Dios que nos ama con ternura. Esa experiencia de confianza es la que vemos en miles de personas que en este mes de octubre acompañarán al Señor de los Milagros, no solo por las calles de Lima, sino en tantos lugares donde hayan compatriotas nuestros. Hace solo unas horas estuve en la salida del Señor de los Milagros del Monasterio de las Madres Nazarenas y era impresionante ver como mucha gente ponía sus necesidades en las manos del "Cristo Moreno", enfermos y ancianos que hacían esfuerzos para estar en la Avenida Tacna, padres de familia que llevan a sus niños para enseñarles esta devoción que seguramente los marcaba desde niños, devotos que acudían con alegría a esta cita con el Señor. Esta gente sencilla y anónima no tienen la fe del tamaño de un grano de mostaza, sino del tamaño de una gran catedral; y nos enseñan, a muchos de nosotros que nos enfrascamos en discusiones teológicas y pastorales, que muchas veces dividen a la Iglesia, lo que es la fe en Dios que es Padre y abraza a todos sus hijos.
Pidamos al Señor que aumente nuestra fe, que no es incrementar nuestros conocimientos religiosos, sino aumentar nuestra confianza y nuestro cariño en Él.

domingo, 29 de septiembre de 2019

EL PECADO QUE NO VEMOS


DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo "C"

Lecturas Bíblicas:
1º Lectura: Amós 6, 1a. 4-7
Salmo 145: Alaba. alma mía, al Señor.
2º Lectura: 1 Timoteo 6, 11-16
Evangelio: Lucas 16, 19-31

La parábola de hoy, al igual que la de la semana pasada, puede prestarse a una mala interpretación: creer que Dios salva al pobre por ser pobre y condena al rico por ser rico; es más quienes, siguiendo a Carlos Marx, sostienen que la religión es el opio del pueblo (es decir, sedante, analgésico del pueblo), encontrarán en este Evangelio el sustento a sus afirmaciones: no importa que el pobre sufra en la tierra, en el cielo tendrá su premio.
Nada mas alejado de las palabras de Jesús: no son el anuncio del "premio al sufrimiento", sino una llamada de atención para ver si somos o no solidarios con nuestro prójimo. La semana pasada Jesús nos advertía que no se puede servir a Dios y al dinero, que nos puede hacer caer en la avaricia y en la corrupción; pero ahora nos advierte que el dinero nos puede hacer perder de vista a quien está a nuestro lado: el mendigo de la parábola estaba en las narices del rico, era obvio que tenían que cruzarse con él, que su presencia llamaría la atención de los habitantes de su casa y de quienes asistían a sus banquetes, y a alguno, con un mínimo de compasión le debió llamar la atención "pero nadie le daba nada", la pasaban tan bien que habían aprendido a ignorarlo.
Y ese fue el pecado del rico, y por ese pecado se condenó. Y se hace consciente de eso cuando, después de morir, Lázaro es llevado al seno de Abraham y él va al infierno, y ya no hay nada que hacer; del infierno no hay escapatoria, ni atenuación posible; por eso le pide a Abraham que mande a Lázaro a advertir a sus hermanos que corrijan su conducta y no corran su misma suerte, pero la respuesta es negativa: si no hacen caso a Moisés y a los Profetas no se convertirán ni aunque resucite un muerto.
Cuando hablamos de pecado pensamos muchas veces en cuestiones de moral sexual, o si asistimos o no a misa; algunos dicen "yo no robo, yo no mato" y se consideran libres de toda culpa.Posiblemente el rico de la parábola cumplía con sus deberes religiosos como cualquier judío, a lo mejor cumplía los preceptos sin mayor problema, pero olvida un mandamiento importante: amar al prójimo; ese es su pecado, no ser solidario con el prójimo que está cerca de él, ser egoísta al punto de olvidarse por completo de alguien que sufre. 
Ese es el pecado que no vemos, y como ese hay varios mas que están vinculados con el amor al prójimo y la justicia: es pecado dejar morir de hambre, es pecado mortal no pagar sueldos justos, es pecado no pagar deudas, es pecado no cumplir con el pago a quienes nos dan un servicio... Y es pecado porque hemos dejado que el egoísmo cierre nuestro corazón al amor al prójimo, ese amor al prójimo que hizo que los primeros cristianos sean solidarios unos con otros, al punto de vender sus bienes para satisfacer las necesidades del otro.
Al igual que en la parábola los "Lázaros" que pasan hambre pueden estar en nuestras narices: se dan casos de familias en los que unos están pasando una situación de estabilidad económica, mientras otros pasan necesidad; pero también hay personas que están a nuestro lado sin algo que comer (se me viene a la mente aquella vez que un mendigo espero a que una persona se levante de la mesa en una pollería del Jr. Trujillo en el Rimac y corrió a coger lo que sobraba de comidas en el plato); y ni que se diga de tantos migrantes, no solo venezolanos, sino también del interior del Perú, a quienes por no ser de los nuestros tratamos con indiferencia cuando nos piden alguna muestra de solidaridad. Es verdad que no podemos aliviar el hambre de todos, y que en no pocas ocasiones nos engañan para sacarnos algo de dinero, pero, si reconocemos la necesidad de nuestro prójimo; no podemos ser indiferentes.
Recordemos las palabras de Jesús "Lo que hiciste con uno de estos mis hermanos mas pequeños, conmigo lo hiciste". Y de eso nos juzgará el Señor.