jueves, 30 de abril de 2009

DERECHO - PUC


Ayer se cumplían los 90 años de la Fundación de la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú, donde estudie para ser abogado entre los años 1990 a 1994.
Les debo confesar que estudie Derecho no por “vocación sobrenatural” o por ser un “apasionado de las leyes”, sino más bien por insinuación de mis padres, aprovechando la oportunidad que se presentó de estudiar en la Universidad Católica del Perú. Completados los Estudios Generales, en 1990 inicié mis estudios en la Facultad de Derecho. Fue una época de cambios: por una parte el país salía del primer gobierno de Alan García (no necesito recordarles la situación calamitosa que se vivía en ese entonces); el panorama político mundial cambiaba (hacia pocos meses que había caído el Muro de Berlín y Gorbachov implementaba cambios en la Unión Soviética); y la Facultad de Derecho de la Católica dejaba las aulas prefabricadas (que algunos llamaban “el gallinero”) para mudarse a su nuevo pabellón. Fui de los alumnos que estrenamos las nuevas aulas de derecho, cuando faltaba concluir la construcción, y durante el tiempo que estudié allí, vi como crecían y se implementaban los ambientes y aulas de la facultad. Lo único que no pudimos ver concluido fue el Auditorio de Derecho (donde algunos de mis compañeros soñaban con graduarse), y que en 1996 decían que se estaba hundiendo.
Durante el tiempo que estudié Derecho no sólo me forme como Abogado, sino también como persona. Tuve profesores para todos los gustos: exigentes y relajados; interesantes y aburridos; dedicados y flojos; los que respetaban las opiniones ajenas y los que no aceptaban ideas distintas; los que nos motivaban a participar en clase respetando nuestra libertad y silencio, y los que nos obligaban a decir cualquier cosa trabajándonos al susto; los que hablaban con sencillez y aterrizando en la realidad y los que trataban de impresionarnos con doctrinas jurídicas de otros mundos; en otras palabras tuve Maestros y simplemente profesores. Y de entre los primeros menciono a Marcial Rubio, Lorenzo Zolezzi, Francisco Eguiguren, Mario Pasco, Armando Zolezzi, Víctor Prado, Carlos Montoya Anguerry, Jacqueline Otiniano (con quien llevé el curso de Gestión Empresarial en el último semestre de mi carrera y que me ayudó muchísimo en mi formación personal justo cuando iniciaba mi experiencia en los Ejercicios Espirituales en Octubre de 1994)…; podría mencionar mas nombres, pero no quiero extenderme. A los segundos (los simplemente “profesores”) no los menciono, no quiero herir susceptibilidades.
Y sí como hay estilos de enseñar, también hay estilos de aprender, pues también habíamos alumnos para todos los gustos: los que apuntaban hasta el suspiro del profesor y los que se contentaban con un telegrama por cada clase; los que asistían siempre a clases y en primera fila, y los que se “tiraban la pera” sin ningún escrúpulo y nunca salían jalados; los atentos y los dormilones; los que escuchaban en atento silencio y los que discutían por cualquier cosa, aun sin saber de que se trataba; los que leían hasta por gusto y los que lo hacían solo por obligación; los que "metían vicio" y los “seriecitos”; y todo eso con sus respectivos matices y variantes. Yo fui un alumno silencioso, me gustaba escuchar, por eso intervenía muy poco en clase (me resultaban sumamente pesadas las discusiones estériles en las que no se llegaba a ninguna conclusión práctica, como cuando se discutía la naturaleza jurídica del “contrato x” en la moderna doctrina jurídica de Sri Lanka); no solía faltar a clases (a no ser que hubiese un motivo justificado); y no pocas veces me encontré con lecturas en las que vi “muchas palabras y ninguna idea”. Pero, de lo que se quejaban mis profesores era de mi caligrafía: mi jefe de práctica de Derechos Reales me recomendó que comprara un “Cuaderno de Caligrafía Palmer” (de esos que usan los niños de primaria); la Dra. Delia Revoredo me bajó un punto en el examen parcial de Derecho Internacional Privado, y la Dra. Paula Hernández “no sabía si aprobarme o desaprobarme” en el examen porque yo tenía una “letra de pulga”.
Y al hablar de la Facultad de Derecho no puedo dejar de recordar a Filiberto Tarazana, trabajador sencillo y amigable. Era el Conserje de la Facultad, se encargaba de publicar los avisos acerca de algún cambio en la programación de las clases y de devolvernos los exámenes. Bromeaba con todos, sonreía a todos, era amigo de todos. “Fili” no necesitó ser Abogado, tener Maestrías ni Doctorados para ser, en el corazón de los que pasamos por la Facultad de Derecho de la Universidad Católica, nuestro Maestro y nuestro Decano. Y es que, cuando una persona es sencilla y trabaja con cariño y dedicación, no necesita de títulos ni grados para ocupar los más altos cargos en los corazones de quienes los rodean.
Les dije al comienzo que no soy un Abogado por “vocación sobrenatural” sino que, como dije en mi artículo sobre mis “Diez años de Abogado”, he visto fracasar el derecho; por ello soy un Abogado con los pies bien puestos en la tierra, consciente de que estamos para solucionar problemas y no para complicarlos. Me impactó muchísimo una frase del Dr. Carlos Montoya Anguerry quien, desde su experiencia como Magistrado de la Corte Superior de Lima decía: “El Derecho no está en las Europas ni en las Españas… el Derecho está en el pueblo”; que equivale a decir que el Derecho no está en doctrinas jurídicas de otras realidades, el Derecho está aquí, en la realidad que vivimos todos los días.
Y para eso nos formaron en la Facultad de Derecho de la Católica: para servir aquí y ahora.

lunes, 13 de abril de 2009

ESTE ES EL DIA EN QUE ACTUO EL SEÑOR, SEA NUESTRA ALEGRIA Y NUESTRO GOZO. ¡ALELUYA!


Acabamos de celebrar la Semana Santa, después de acompañar a Jesús en la pena y en la pasión, ahora lo acompañamos en la gloria. Y en el anuncio del Pregón Pascual y el canto del "Aleluya" de la Vigilia de Pascua, nos hemos unido a la alegría de la Cristiandad que celebra el triunfo de Jesús sobre la muerte.
Desde el Domingo de Ramos mucha gente se acercó a los templos para acompañar a Jesús en su pasión, el Jueves y Viernes Santo la gente visitaba los monumentos, hacía cola para confesarse, acompañaban las procesiones, participaban de la liturgia. En la Vigilia Pascual con sus velas y sus cantos aclamaban a Cristo vivo.
Hoy celebramos que Jesús vive, que ha resucitado y esa noticia nos debe llenar de alegría. Pero parece que aún no superamos la Muerte de Jesús...
Recuerdo uno de los pasajes de la película "El padrecito" protagonizada por Mario Moreno "Cantinflas" donde "Don Silvestre" pensaba que los cristianos somos tristes y decía "es que, como les crucificaron a su Dios", y Cantinflas, con su peculiar estilo, le respondió: "Si, pero fíjese que ya resucitó y estamos muy contentos". Me pregunto ¿de verdad estamos contentos o sólo es una alegría ritual que emplamos en la liturgia de Pascua, con los cantos alegres y el "Aleluya"?
Jesucristo ha resucitado y eso nos debe llenar de alegría, una alegría que debe notarse no solo en nuestras misas, sino tambien en nuestra vida familiar: si para Navidad nos esmeramos en reunir a la familia, en adornar la casa y en comer bien ¿No podemos hacer mas y mejor para la Pascua, porque Jesús resucitó y estamos muy contentos? El prefacio de la Misa nos dice que por la resurrección de Jesús "el mundo entero se desborda de alegría". ¿Desbordamos de alegría o nos hemos quedado todavía en el Viernes Santo de la Muerte del Señor y en el Sábado Santo de su sepultura?
"Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo" nos dice la liturgia de Pascua. Este es el día en que tenemos que pedirle al Señor que resucite en nosotros, que resucite en nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestros trabajos, aun en nuestros dolores. Tenemos que pedir la gracia de alegrarnos con Cristo Resucitado y tener la valentía de trasmitirlo. Es verdad que eso es difícil en medio de tantos signos de muerte y de dolor que nos rodean. Y sin embargo los cristianos que somos "luz del mundo y sal de la tierra" somos los llamados a transmitir esa luz y a dar sabor de vida a los demás, de ser portadores de la alegría del Señor resucitado y hacer que esa alegría dure siempre.
Nos hemos quedado sólo con las imágenes de Jesús en la cruz, cuya versión mas impresionante ha sido la que vimos en la película "La Pasión" de Mel Gibson; y frente a esa imagen muchos han sugerido que Mel Gibson haga la película "La Resurrección" para mostrar la gloria del Hijo de Dios. Pero como no creo que la haga, les pongo esa foto de Jesús sonriendo (es así como me lo imagino en su Resurrección: sonriendo lleno de alegría), para que usted, mi amble lector, haga su propia película de la Resurrección de Jesús en su vida. Si las películas y el arte presentan muy poco a Jesús sonriendo y resucitado, habrá que hacerlo nosotros con nuestra vida, como dicen Miguel Manzano y Antonio Olivar en su canción "Luz que vence a la sombra": "Resucitó el Señor, su gloria está en la tierra en todos los que viven su fe de par en par", lo que podemos explicar diciendo: "Resucitó el Señor, su gloria está en ti y en mi, cada vez que sonreimos y somos testigos de su alegría, su vida y su resurrección en nuestra vida y en las de los demás".

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCION!

viernes, 10 de abril de 2009

LAS SIETE PALABRAS DE CRISTO EN LA CRUZ


En el siglo XVII, en la antigua iglesia dedicada a Nuestra Señora de los Desamparados, ante la imagen del Santo Cristo de la Agonía que se venera en la iglesia del mismo nombre en el distrito de Breña, el P. Francisco Del Castillo, S.J. comenzaba la practica devocional de la Meditación de las Siete Palabras de Cristo en la Cruz. Posteriormente, el P. Alonso Messia, S.J., discípulo del P. Del Castillo convirtio aquella meditación en el tradicional "Sermón de las tres horas" que hoy conocemos, y que se ha difundido por el Perú y el mundo.
Las palabras de Jesus en la cruz son de una riqueza inagotable, leía en el libro del P. Jose Julio Martinez, S.J. "El drama de Jesús", que son la versión sangrienta de las Bienvanturanzas, Jesús comienza su ministerio proclamándolas y muere practicándolas. Y precisamente, por ser de una riqueza inagotable muchos sacerdotes, sobretodo los de la Compañía de Jesús de Lima, herederos de la obra del P. Del Castillo, han realizado este ejercicio de piedad. Muchas veces acababan extenuados después de las tres horas del sermón, sobretodo cuando no existían los micrófonos, y es famoso el caso del jesuita que murió de un ataque al corazón despues de haber comentado la última palabra: "Padre en tus manos encomiendo mi espíritu". Junto con tan grandes oradores, muchas personas mas, políticos, artístas, intelectuales, agentes de pastoral, gente "de a pie", han comentado en público, por escrito y en conversaciones estas palabras de Cristo.
Cuando en el año 2004, después de 33 años se restauraba este Sermón en la Parroquia de Nuestra Señora de los Desamparados, ante la imagen de Cristo que le dio origen, tuve la oportunidad de comentar la quinta palabra "Tengo sed", y luego en los años 2005 y 2006 las palabras "Hoy estarás conmigo en el paraiso" y "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" respectivamente.
Por motivos pastorales este año 2009 se ha suprimido el Sermón en Desamparados, por ello he querido compartir con ustedes estas reflexiones de las Siete Palabras de Cristo en la Cruz. Las reflexiones que hago a continuación son fruto de lecturas, reflexiones y experiencias personales. Quizás alguno podrá reconocer las ideas otros autores como los jesuitas Manuel Mosquero, Fernando Basabe, José Julio Martínez y otros mas. No pretendo hacer algo totalmente original, sino mas bien darles estas meditaciones que nos puedan ayudar a conocer el Corazón de Jesús, que nos amo hasta el extremo.
Hoy Viernes Santo acompañemos a Jesús y junto a su Cruz meditemos en sus palabras, palabras de vida eterna.
Foto: Imagen del Santo Cristo de la Agonía que se venera en la Parroquia de Nuestra Señora de los Desamparados de Breña, Lima Perú.

PRIMERA PALBRA: PADRE, PERDONALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN


Me da la impresión de que estamos eliminando la palabra “perdón” no solo de nuestro vocabulario, sino también de las actitudes de nuestra vida diaria. Ante un error, una falla, un pecado, parece que ya no pedimos perdón, a lo más una “disculpa”, solo por cumplir, u optamos por mantener nuestra soberbia, justificando nuestros errores y diciendo que actuamos de esa manera porque así es nuestro carácter, porque somos débiles, porque así somos y “nada nos hará cambiar”. En el fondo no queremos “pedir perdón”, porque ello implica humillarse, “rebajarse”, y en nuestra sociedad el “humillarse” implica una “baja autoestima”, un problema psicológico que no queremos padecer.
Jesús no tuvo problemas en “humillarse” en “rebajarse” sin hacer alarde de su categoría de Dios, como nos dijo San Pablo el Domingo de Ramos. Siendo Dios se rebajó al hacerse hombre y someterse a lo mas humillante de la condición humana: la muerte, y de esta la peor: la muerte en cruz, destinada a los grandes delincuentes de Roma. Y en su agonía, se humilla, se rebaja una vez más para pedir perdón a favor de aquellos que lo crucifican. La actitud de Jesús contrasta con nuestra soberbia y nuestras justificaciones.
¿De qué pediría perdón Jesús?No sólo de aquellos que, cegados por la envidia o por cumplir las órdenes, lo crucificaban. Jesús también pide perdón por aquellos que hoy siguen lo siguen crucificando en sus hermanos y en la Iglesia, que es su cuerpo.Jesús pide perdón por todos nuestros pecados personales, aquellos que confesamos en el sacramento de la reconciliación y aquellos que “no consideramos pecado” porque “es normal en nuestra sociedad” o “todo el mundo lo hace”: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen…”
Pero también pediría perdón por nuestros pecados sociales:
- Por que en nuestras familias no hay amor, sino egoísmo y la hemos convertido en un lugar de servicios mutuos, en la cual nos aprovechamos de otros para estar bien nosotros, sin importarnos los demás.
- Por los pecados en la Iglesia, cuando nosotros, católicos, que tenemos la enseñanza de Cristo y sus Apóstoles y el ejemplo de los santos, no somos signos de su presencia, y no vivimos el Evangelio, y por si fuera poco, buscamos justificaciones para no aceptar que estamos equivocados.
- Por los pecados en nuestro barrio, donde hay tantos jóvenes víctimas de las drogas, sin un trabajo o un porvenir, con hijos fuera del matrimonio que muchas veces sufrirán a causa del egoísmo y la irresponsabilidad de sus padres.
- Por los pecados en nuestra patria donde la violencia, la mentira y la difamación están a la orden del día cuando, en los programas llamados "de espectáculos" difunden “ampays” que destruyen familias y revelan lo más bajo de la vida privada de la gente, ganando “rating”, olvidándonos que le hacemos juego a la mentira, a la difamación en contra de esos “ampayados” que son nuestros hermanos, gente por la que Cristo dio su vida en la Cruz.
- Por la violencia que impera en nuestra sociedad, por la forma como escandalizamos y destruimos la inocencia de los niños y de los jóvenes. Por esos hogares destruidos, productos del adulterio (del cual nadie quiere arrepentirse ni enmendarse), por ese libertinaje sexual que trae niños al mundo sin un hogar que los acoja, por las veces que para esconder un embarazo no deseado se mata una vida en las entrañas de sus madre.
Y pediría perdón porque ya no perdonamos, sino que pedimos “justicia”, pero no una justicia sincera, libre de apasionamiento, sino una venganza disfrazada de legalidad, que no busca resarcir el mal, sino castigar de la ma manera mas grave posible a aquel que ha errado.
Hoy, delante de Cristo crucificado, pidámosle la gracia de reconocernos pecadores, de no buscar justificaciones o disculpas para nuestro pecado, sino mas bien la gracia de aceptar con humildad que hemos pecado, que hemos hecho mal. Y pidamos la gracia de saber perdonar, como él nos enseñó, ojalá que podamos decir, cuando alguien nos hace algún mal “Padre, perdónalo, porque no sabe lo que hace”. Ya Jesús se anticipó a nosotros, ahora solo nos queda acoger su perdón.
Foto: Cristo de Velásquez.

SEGUNDA PALABRA: HOY ESTARAS CONMIGO EN EL PARAISO


Los condenados a muerte por delitos graves no nos inspiran compasión. Por lo general nos resultan personas repugnantes, que al verlas lo que sentimos hacia ellos un sentimiento de desprecio: “¿Qué habrá hecho?”, “Bien merecido lo tiene”. Es más, si tenemos la oportunidad de verlos antes de ser ejecutados se los gritamos y a veces pensamos que la pena de muerte es poco para lo que hicieron. Se me vienen a la mente las veces en que ante un delincuente, un criminal, un violador o un terrorista hemos tenido esos sentimientos de venganza y de odio.
Jesús y los dos bandidos no fueron la excepción: Ya a Jesús le habían gritado “¡Crucifícale!” seguramente también a los dos bandidos quienes, probablemente, hayan salido insultando al Nazareno cuya ejecución aceleraba la suya. No sería raro que, mientras los llevarían a ejecutar, les lloverían los insultos y las turbas se aglomerarían. Serían crucificados desnudos, morirían desangrados, de hambre y sed, de asfixia, y una vez muertos sus cadáveres quedarían expuestos en la cruz, hasta que los saquen y los arrojen a un precipicio, para que allí terminen siendo alimento de los animales y aves de rapiña. Ese era el destino de los condenados a muerte, y pudo ser el destino de Jesús.
No nos escandalicemos, si bien es cierto que aquella no era una época de ONGs que salgan en defensa de los derechos humanos, muchos de nosotros, en este siglo XXI, estaríamos felices y satisfechos si eso le ocurriese a tantos delincuentes de quienes decimos: “No tienen perdón de Dios”. ¡Seamos honestos!
Cuenta el Evangelio de Lucas que uno de los malhechores crucificados, le dice a Jesús: “Acuérdate de mi cuando llegues a tu reino”. ¿Qué? ¿Cómo puede decir que ese crucificado, al que muchos insultan es un Rey, que tiene un Reino al cual llegará un día? No, posiblemente ese hombre está delirando, debe estar alucinando cosas a causa de los tormentos de la crucifixión. Sin embargo, ese malhechor no se equivoca, en medio de sus dolor y de su castigo por los crímenes cometidos, brilla el esplendor de su fe: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino, aunque pasen miles de años, aunque tus súbditos mas justos y buenos que yo tengan prioridad, sólo te pido que te acuerdes del único que proclamó tu inocencia, cuando los demás te insultaban
La respuesta de Jesús no se deja esperar: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso”. No en miles de años, hoy estarás conmigo en el lugar de los justos, en el seno de Abraham, allí donde tus pecados te cerraron las puertas, yo te las abro y estarás allí, conmigo. No se escandalicen, pero debemos reconocer que este santo canonizado por el mismo Jesús, a quien la tradición ha llamado Dimas es, ni mas ni menos, que un delincuente arrepentido.
¿Cuándo entenderemos que Jesús ha venido a salvar a los pecadores, a aquellos que “no tienen perdón de Dios”? ¿Cuándo entenderemos que el Corazón de Cristo ama a los pecadores, a los delincuentes y criminales, a todos aquellos a quienes quisiéramos ver muertos o castigados “con todo el peso de la ley”, y que por ellos, SI POR ELLOS, Él dio su vida?
Nos hace falta tener los sentimientos del Corazón de Jesús para poder pedir por la conversión de muchos hermanos nuestros, para confiar y creer en la persona humana como lo hace Dios, que nos da siempre una nueva oportunidad, incluso en el último momento de nuestra vida.Y para Dios nada hay imposible, y puede convertir en santo a un pecador y a un criminal. Ese es el deseo del Corazón de Jesús. ¿Será también el nuestro?
Foto: Señor del Santuario de Santa Catalina. Lima.

TERCERA PALABRA: MUJER AHI TIENES A TU HIJO. AHI TIENES A TU MADRE


Stabat Mater dolorosa
Juxta crucem lacrimosa.

En la sociedad hebrea, sociedad machista, la mujer no podía quedarse sola en la vida: tenía que depender de un hombre: cuando era niña dependía de su padre, cuando era joven y adulta de su esposo, cuando era anciana de su hijo. La mujer viuda era el símbolo del desamparo. La mujer sin hijos, la mujer sola era un signo de que Dios no estaba con ella.
María no tenía mas familia que Jesús. Ya antes del inicio de la vida pública de su Hijo había quedado viuda, y ahora que Jesús muere, se queda en la más absoluta soledad y abandono.
Dicen que “detrás de todo gran hombre hay una gran mujer”, y lo podemos apreciar en la vida de muchos de los grandes personajes de la historia, y también de la Iglesia: la esposa o la madre, son las grandes mujeres que están acompañando a los grandes hombres. Y Jesús no es la excepción, la mujer que estaba detrás de Él era su madre. Sin embargo, es curioso que, como dice una canción de José Antonio Olivar “no la nombra el Evangelio cuando triunfaba Jesús, María solo aparece cuando Cristo está en la cruz”. María casi no es nombrada durante la vida pública de Jesús, mantiene lo que llamamos un “perfil bajo”, sus últimas palabras fueron en Caná de Galilea: “Hagan todo lo que Él (Jesús) les diga”. Y sin embargo es la Gran Mujer que acompaña al Redentor, haciendo su reaparición en el momento de la muerte de su Hijo.
Me imagino que a María le deben haber avisado que Jesús estaba siendo procesado, enjuiciado, condenado a muerte; y ella, que estaba en Jerusalén para la Pascua, saldría corriendo a tratar de averiguar que pasaba. El corazón de una madre es así, sale al encuentro de su hijo en los momentos de dificultad. Y ese deseo de acercarse a su hijo en el momento difícil de la pasión, la llevaría a encontrarla llevando la cruz, como dice la tradición en la Calle de la Amargura y, después, en el Calvario. Allí, de pie, acompaña con una valentía que no excluye al dolor ni a las lágrimas, a su hijo.
He visto el calvario de muchas madres: de las madres tratando de conseguir un ingreso económico para sus hijos, de las madres esperando a sus hijos en un hospital o en las puertas de un penal para poder ver sus hijos purgando una condena, el calvario de las madres que lloran la muerte de un hijo; podemos añadir mas calvarios. Y las he visto, como María, al pie de las cruces de sus hijos con dolor y valentía, pero movidas por el amor que tienen las madres por sus hijos.
Al morir Jesús nos deja una única herencia: su madre. “Mujer allí tienes a tu hijo”; no solo para que no te quedes sola, sino para que recibas a todos aquellos a quienes tu Hijo redime porque los ama.
¡María, acógenos como acogiste a Jesús en Nazaret y en Belén, acógenos como Madre. Tú cuídanos, enséñanos, ayúdanos, corrigenos!
Y Jesús, como contrapartida, dice al discípulo "que más amaba" a nosotros por quienes da la vida por amor: "Allí tienes a tu Madre". Recibe a mi mamá, no solo para que cuides de ella y no se quede sola, sino para que ella cuide de ti y no te quedes solo; acógela con cariño y cuenta con ella con toda confianza. Ya tenemos una Madre, a quien recurrir, a quien pedir, sabiendo que ella pondrá nuestras inquietudes en el corazón de su Hijo.
Pongamonos bajo la protección de María, y pidámosle como San Ignacio de Loyola que ella "nos ponga junto a su hijo". Si queremos ser discípulos de Jesús, debemos comenzar por acoger y amar a su Madre.
Foto: Crucifijo del Santuario de Nuestra Señora de la Soledad. La foto la tomé en 1993, ojalá pronto lo veamos restaurado.

CUARTA PALABRA: DIOS MIO, DIOS MIO ¿POR QUE ME HAS ABANDONADO?


Es impresionante el contexto en el que nos pone el Evangelio cuando cita estas palabras de Jesús: “toda la tierra se cubrió de tinieblas”. El ambiente que se nos describe es de pavor, de desolación. ¡Qué terrible debió ser para Jesús ese momento! Las películas sólo nos describen los tormentos físicos de la Pasión de Cristo, pero ni el mejor actor, ni el mejor guión cinematográfico o teatral pueden reproducir el dolo de Jesús de sentirse solo, abandonado, traicionado, insultado; y, lo peor, abandonado de Dios.
Las palabras del Salmo 21, que Jesús dice “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” constituyen la oración del hombre que siente que Dios le ha dejado solo, que ya no se preocupa de él, que no nos responde, que calla, que nos deja solos, sin importarle lo que sufrimos o lo que nos pase. ¡Qué momento más difícil! ¿Qué pasa, Señor, que te quedas callado?, Yo no me esperaba esto, tú me dijiste que ibas a estar conmigo siempre, y ahora parece que te has ido, que me has abandonado, que me has dejado solo en medio de mi debilidad ¿Qué paso?
Este salmo, que posiblemente Jesús rezo en la cruz, es la oración del hombre que siente que Dios le ha dejado, que casi cuestiona e increpa a Dios. Muchas veces ante el dolor decimos “Yo no le reclamo a Dios”, “yo acepto su voluntad”, pero en el fondo sentimos que Dios nos ha dejado solos. ¿Cómo un Dios que es Padre nos puede abandonar, puede permitir el mal y el dolor? Jesús lo sintió en carne propia y por eso lo manifiesta en esta palabra.
Dios sabe que, ante el sufrimiento, hay una oración de reclamo, de angustia de dolor, una oración que no nos atrevemos a decir por miedo a blasfemar. Pero no es blasfemia hablar con Dios con el fondo de nuestro corazón, porque ese deseo, ese sentimiento de dolor, Dios lo conoce y lo comprende. ¿Como no lo va a comprender si su Hijo mismo lo sintió?
Jesús se hace solidario con el dolor humano, con tu dolor, con tu pena: tus debilidades y tentaciones, tus incomprensiones, con tu dolor por causa de los pecados propios y ajenos; se siento solidario contigo cuando te sientes tentado a pensar que Dios ya no existe porque no te responde.
Pero el salmo, no es solo el dolor de la soledad, sino también un canto de esperanza: “contare tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré…”. Y los hechos nos demuestran que el mal no triunfará. Que Dios siempre tendrá la última palabra, quizás no será de inmediato, quizás pase algún tiempo, pero Dios tendrá siempre la última palabra.
Cuando me encuentro con gente que sufre, que siente que su fe se tambalea, ante el dolor, la muerte, el pecado, siempre le recuerdo que Jesús sintió lo mismo que ellos, que Jesús siendo Dios, se sintió abandonado de Dios, siendo inocente se hizo como pecado por nosotros. Porque Jesús fue hombre y quiso ser semejante a nosotros, quiso decirnos “yo sufro contigo, yo estoy contigo, yo lo padezco contigo, no estas solo, pero ten paciencia, que un dia esto pasara”. Y esa palabra siempre será tu bien, la vida y la resurrección.

Dedicado a mi amigo Marco Benavente, con quien empecé a meditar en estas palabras.
Foto: Santo Cristo de Burgos. Iglesia de San Agustín de Lima.

QUINTA PALABRA: TENGO SED


Esta fue la primera palabra que recuerdo haber oido de Jesús, cuando era un niño. Y, cuando restauramos el Sermón de las Siete Palabras en la Parroquia de Nuestra Señora de los Desamparados en el 2004 yo tuve la oportunidad de conmentarla.
Es posible que Jesús haya estado sin comer ni beber nada desde el final de la Última Cena. Esta sensación se vería aumentada por el desangramiento producido por la flagelación, y la crucifixión. Jesús, quien prometió el agua viva a la Samaritana, tiene sed.
A estas palabras, nos dice el Evangelio, le dieron a beber vinagre, "para mi sed me diste vinagre" nos lo recuerda el canto de los improperios que se entonan durante la veneración de la Santa Cruz. Le dan un poco de vinagre, la "posca" que los soldados romanos empleaban como desinfectante cuando, al proceder a la crucifixión, se herían al ejecutar al reo.
Nos llama la atención el hecho de que a Jesús le den vinagre en su sed. Es casi como burlarse de Él. Con el vinagre no se calma la sed, sino que mas bien se aumenta el malestar.
Esta sed física de Jesús, nos debe recordar la sed que Él tiene de nosotros, de nuestro cariño, de nuestra cercanía, de nuestra corazón. Y muchas veces nuestra respuesta es darle vinagre: no le damos nuestra vida y nuestro corazón, lo que El quiere, sino que mas bien le damos las sobras de nuestro tiempo, de nuestro corazón. Todo es mas importante que Dios, para El "no tenemos tiempo" y si se lo damos, lo hacemos solo por cumplir. "Para mi sed me diste vinagre".
Y al recordar la sed de Jesús podemos recordar el hambre y la sed de muchos hermanos nuestros: el hambre ya la sed de los que tienen que pedir limosna para comer, de los que duermen en la calle, de los que buscan la compañía y el cariño de otros porque se sienten solos, de los que claman justicia y mejores condiciones de vida. Esta física, sed, moral y espiritual de muchos, es también la sed de Jesús. Y como a Él solo le damos vinagre, algo para tranquilizar nuestra conciencia y quedar bien, aunque muchas veces no solucionamos nada.
¡Señor que ante tu sed no nos quedemos indiferentes, que no te demos vinagre para tranquilizar nuestar conciencia! ¡Que te demos lo que nos pides, y en el fondo lo que nos pides es nuestro corazón!
Señor Jesús, aumenta nuestra hambre y sed de ti, y que esa hambre y sed de ti, sacie tu hambre y sed, y la de todos nuestros hermanos.
Foto: Señor de los temblores del Cuzco.

SEXTA PALABRA: TODO ESTA CONSUMADO

Al llegar al final de una etapa de nuestra vida (un año, un curso), solemos hacer una evaluación de la misma para ver si se cumplieron los obetivos y las metas que nos habiamos trazado. En algunas ocasiones comprobaremos con satisfacción que estas se cumplieron, y en otras veremos que tuvimos deficiencias que deben corregirse.
Jesús, al ver llegar el final de su vida, puede decirle a su Padre "Todo está cumplido". La misión que me has encomendado la he cumplido: he nacido en la pobreza, he vivido en una familia, anuncié tu reino, pasé por el mundo haciendo el bien, me di todo a todos, he padecido los sufrimientos de la pasión. He cumplido mi misión.
Y Jesús, después decirle a su Padre que ha cumplido su misión entrega su vida con total confianza. Puede concluir su vida en paz, sabiendo que no ha defraudado a su Padre, que el lo recompensará en su Reino, por el cual ha trabajado a lo largo de su vida.
Nosotros, ¿podemos decir que cumplimos con la misión que Dios nos ha encomendado? ¿podemos decir que cumplimos nuestra deber como hijos, padres, estudiantes, trabajadores? He escuchado decir al P. Antonio Alonso, S.J. (y seguramente lo habrán dicho otros mas) que para ser santo hay que cumplir con nuestro deber. ¿Lo estaremos haciendo? Allí está nuestro camino de santidad.
Que al llegar el final de nuestra vida podamos decirle a Dios "hice lo que me pediste". Y, después de eso, podamos descansar con serenidad en los brazos del Padre.
Foto: Cristo de la Buena muerte de la iglesia de San Pedro de Lima.

SEPTIMA PALABRA: PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPIRITU


Hace pocas semanas tuve que hacer durante varios dias seguidos una visita a una clínica local para visitar a un familiar que había sido operado. Al dirigirme al lugar donde se encontraba, tenía que pasar por el piso donde estaban las salas de operaciones, y el piso donde esperaban los familiares. Allí en un hospital se batalla a diario contra la muerte, vida y muerte suelen pelearse a diario la existencia de una persona. Hace 10 años me tocó pasar por una experiencia semejante: a mi me operaban de apendicitis y durante el tiempo que estuve en el hospital veia a los familiares de los pacientes en su angustia de saber que había sido de ellos habían ido a indagar, incluso escuché las lágrimas de algunas personas que habían perdido a un familiar en el hospital.
Cuando uno está tan cerca de la pelea entre la vida y la muerte, sólo nos queda ponernos en las manos del Padre: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Cuando las situación se pone en el límite de lo humanamente aceptable, de lo previsible, cuando ya escapa de nuestro control, cuando el destino de nuestra vida ya no nos petenece, solo queda ponernos en las manos del Padre.
Jesús así lo sintio y lo vivio: Ya había cumplido con su misión, ya había padecido todo lo que le tocaba, entonces, cuando ya ve cercana la muerte, solo le queda ponerse en las manos de su Padre.
Me imagino que en este momento Jesús sentiría que se acabaría la pesadilla, esa pesadilla de la Pasion que le atormentaba, porque como hombre verdadero que es sufre el dolor fisico y moral de la crucifixión, y al ver el final de su vida, ya en paz, se pone en las manos de su Padre, sabiendo que, como dicen los salmos, no quedará defraudado; que aunque la muerte parece vencer al mismo Hijo de Dios, sabe que su Padre, su “Abba”, su “papito” (traducción literal de la palabra “Abba”), no lo va a defraudar; que será el quien tendrá la ultima palabra. Y así, con su espíritu y su vida puesta en sus manos, entrega su espiritu, como un niño se entrega a los brazos de su madre o de su padre.
¡Cuanto tenemos que aprender de Jesús!: como humano sintió el dolor, el abandono, el hambre, la sed; se sintió abandonado de Dios, tuvo el consuelo de su madre, tuvo miedo de la misma muerte. Pero, cuando se enfrenta a la muerte y al dolor, al haber librado su batalla, con paz y confianza duerme en los brazos de su Padre.
Ponernos en las manos de Dios. ¿No es así como debemos estar siempre? No solo encomendar nuestro espíritu, sino nuestra vida, nuestros afanes, sabiendo que en los manos del Padre, del "papito", no hay esperanza defraudada. Que en las manos del Padre está toda la ternura que podemos encontrar, que en sus manos podemos abandonarnos.
Se cuenta que el P. Pedro Arrupe, S.J. decía ya enfermo de la trombosis que lo obligo a renunciar a ser General de la Compañía de Jesús que toda su vida quería estar en las manos de Dios, pero que ahora, en su enfermedad, toda la iniciativa viene de Dios mismo.
Estar en las manos de Dios…
Recuerdo un afiche que en el que aparaceía un niño pequeño durmiendo en unas manos. ESA ES LA IMAGEN DE ESTAR EN LAS MANOS DE DIOS, la imagen del abandono total de la confianza infinita, del pequeño que duerme dulcemente en las manos paternales, del que puede despertar a los ojos llenos de ternura de sus padres.Cuanta gente al legar el final de su vida se pone en las manos de Dios, sabe que su encuentro con Dios está cerca, y aunque sabe que este paso traerá dolor a sus seres queridos, se llenan de confianza. Se me viene a la mente el recuerdo de varias persdonas que esperaban la muerte, bien por enfermedad o por vejez, que estaban en paz; sabiendo que el Señor no los defraudaría, sabiendo que ese encuentro con Dios será la salvación, la paz, el gozo. Que aunque no sepan que vendrá después, saben y confian en el Dios que no defrauda.Y Jesús no fue defraudado… Su padre tuvo la ultima palabra, la palabra definitva que hasta ahora la escuchamos: La vida vence a la muerte.
Foto: Señor de los Milagros del Santuario de las Nazarenas.

miércoles, 8 de abril de 2009

NOS AMO HASTA EL EXTREMO


"Antes de la Fiesta de la Pascua
sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre,
habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo
los amó hasta el extremo"
Juan 13, 1

San Ignacio de Loyola nos propone en los Ejercicios Espirituales que, al meditar la vida de Jesús, pidamos esta gracia "conocimiento interno del Señor para mejor amarle y seguirle". No se trata de un conocimiento intelectual, sino de conocerlo con el corazón, de conocer sus sentimientos, "su modo de proceder" a fin de hacerlo "nuestro modo de proceder", como pedía el P. Pedro Arrupe, S.J, en su "Invocación a Jesucristo modelo".
El Evangelio de la Misa de hoy, Jueves Santo, nos presenta los sentimientos del Corazón de Cristo en esta noche: "nos amó hasta el extremo". Siguiendo el esquema de la contemplación ignaciana "como si presente me hallase" me pregunto ¿Cómo se sentiría Jesús en la noche del primer Jueves Santo? ¿Cómo hablaría a sus dicípulos? ¿Cómo comería la cena pascual? ¿Cuales serían sus sentimientos al lavar los pies, al instituir la Eucaristía, al mandar que nos amemos como Él nos amó? ¿Qué sentimientos le embargarían al verse traicionado por uno de sus amigos?
Y también me pregunto ¿Y cual sería la reacción de sus discípulos al ver que "el Maestro y el Señor" les lava los pies, tarea propia de sirvientes y esclavos? ¿Qué sentimientos les llenarían el corazón al comer la Pascua, al escuchar al Maestro hablando como lo haría en esa noche?
Yo no me imagino una Última Cena fría, sin sentimientos, donde Jesús que hable con la autoridad y la majestad de un catedrático o de un líder religioso, sino con el corazón de un amigo, de esos amigos que, porque les queremos les hacemos caso. Y, viendo a Jesús hablar y actuar lleno de emoción, de cariño, quizás con lágrimas en los ojos, le preguntaría "¿por qué nos hablas asi?, ¿por qué actúas de esta manera?". Las respuestas nos la vuelve a dar el Evangelio: "ha llegado la hora de pasar de este mundo al Padre" y "nos amó hasta el extremo".
Cuando tenemos que despedirnos de alguien el corazón se resiste a la separación, las muestras de afecto son mayores y hacemos lo posible para que los últimos momentos sean intensos, para que nos recuerden siempre. Esto mismo sintio Jesús y es allí donde se queda con nosotros en la Eucaristía, para que hagamos esto en memoria suya, para recordarlo y hacerlo presente al partir el pan. Y no solo eso, sino que nos deja la lección de ser servidores de nuestros hermanos "se quitó el manto y se puso a lavar los pies a los discípulos", y nos manda "ámense unos a otros como yo les he amado".
Hay que reconocer que somos solo aprendices de cristianos: muchas veces no celebramos la Eucaristía para acordarnos de Jesús, sino para cumplir con ritos sociales; no queremos servir a nuestros hermanos, no queremos quitarnos nuestros "mantos", nuestros títulos, cargos y grados (académicos, religiosos y sociales) porque eso "sería rebajarse" o es tarea de otra clase de siervos; y en lo que respecta a "amarnos unos a otros", siempre habrá una persona de la que nos sentiremos "exonerados" de cumplir con el mandamiento nuevo porque es un ser detestable para la sociedad, o porque nos traicionó haciendo o diciendo esto o aquello, olvidándonos que en es conocerán que somos sus discípulos.
En este Jueves Santo pidamos a Jesús que nos de un corazón semejante al suyo, capaz de celebrar la Eucaristía para acordarse de Él y de todas las personas a las que Él tiene en su corazón; capaz de amar y servir a todos, sin miedo ni reservas, como lo hicieron tantos discípulos suyos a lo largo de la historia. En esta Hora de pasar de este mundo al Padre, escuchemos con el corazón al Amigo que come con nosotros, que nos amó y sirvió hasta el extremo y que nos pide que hagamos lo mismo "en memoria suya".

viernes, 3 de abril de 2009

¿SEMANA SANTA O VACACIONES DE FIN DE VERANO?



Es verdad que los tiempos han cambiado, la forma de vivir la Semana Santa hasta hace solo unos años es diferente a la de hoy: antes, por enfatizar en el aspecto de la muerte del Señor se ponía el acento en los Vía Crucis, las visitas a los monumentos y las procesiones de la Dolorosa, del Crucificado y del Santo Sepulcro; y por eso se recalcaba mucho en el asunto del ayuno y la abstinencia, el "no divertirse" (ni siquiera reirse) en el Viernes Santo, escuchar sólo música clásica, ver las clásicas películas de Semana Santa (me acuerdo de "El mártir del Calvario" que vi en 1975, cuando tenía 5 años) y hasta vestirse de negro (recuerdo a unas señoras de la Comunidad Eucarística de la mi parroquia rezando ante el Monumento vestidas de negro el Viernes Santo de 1985). Hoy en día la Iglesia ya no usa el color negro para la muerte de Cristo, sino el rojo del triunfo de los mártires, se conserva el ayuno y la abstinencia (aunque a veces me parece que solo por cumplir), se pone más interés en las celebraciones litúrgicas que en los ejercios de piedad y, sobretodo, se está haciendo el esfuerzo por revalorizar y poner énfasis en la Resurrección de Cristo. Muchos van de retiro espiritual en estos días y otros viajan a provincias (por ejemplo a Ayacucho) para celebrar la Semana Santa alli.
Pero también, como el mundo se va desacralizando, en los últimos 20 años, se aprovechan estos días para irse de vacaciones, "semana tranca" como dicen, para irse de viaje o campamento y divertirse, algunos sanamente y otros sin límites. Pero eso sí, dicen que creen en Dios, que "no hace falta ir la iglesia para estar cerca de Dios", se preocupan de "no comer carne" el Viernes Santo en sus campamentos (me pregunto qué sentido puede tener hacer abstinencia de carne sin referencia a Cristo) y otras cosas mas. Es verdad que, estamos en los últimos días de sol, y durante el verano no hay un "fin de semana largo" que nos permita irnos a la palya y hacer un campamento pues, aunque los escolares y universitarios estén de vacaciones, muchos tenemos que seguir trabajando como de costumbre.
El sábado pasado comentaba con los acólitos de Desamparados el Evangelio del Domingo V de Cuaresma (Juan 12, 20-33): unos griegos, que habían ido a Jerusalén para la Pascua, le dijeron a uno de los apóstoles: "Queremos ver a Jesús", y les decía a los acólitos si en esta Semana Santa y en esta Pascua también nosotros queremos ver a Jesús. Me pregunto: si un Católico no quiere ver a Jesús en Semana Santa, sino que se va de campamento, de vacaciones de fin de verano, o de "semana tranca" ¿Será que no le interesa Dios? Y no valen excusas de "yo creo en Dios a mi manera", o "que es un problema entre Dios y yo" y tantas cosas que se dicen. Seamos honestos, cuando no queremos acompañar a Jesús en "su hora", es porque en el fondo (y también en la superficie) no nos ineteresa, podremos tener una fe muy bien formada "intelectualmente", sabernos el catecismo de memoria, decir que "lo mas importante es ayudar al prójimo", pero la verdad es que el corazón es ateo o agnóstico, porque el primer mandamiento "Amar a Dios sobre todas las cosas" ha quedado olvidado.
No pretendo imponer mi fe a nadie, y si usted, amable y paciente lector no es Católico, no se haga problema, total no es su fe y no tiene porque pensar como yo. Pero si usted dice ser Católico (aunque sea a su manera) le invito a pensar ¿Qué hará esta Semana Santa para ver a Jesús, para acompañarlo en "su hora", la hora de pasar de este mundo al Padre, amándonos hasta el extremo (Cf. Juan 13, 1), para participar de su Muerte y, sobretodo, de su Resurrección?
La respuesta la tiene usted. No se quede sin responder. No podemos ser indiferentes con Jesús.
La foto corresponde a la procesión de Nuestra Señora de ls Soledad el Viernes Santo del 2007 y ha sido tomada de http://cofradiadelasoledadlima.com/fotos_frameset.htm