lunes, 13 de octubre de 2008

EN TODO AMAR Y SERVIR

Hay veces en que tenemos el corazón muy sensible para reconocer la presencia de Dios en momentos aparentemente simples. Aun cuando nuestro corazón está en medio de turbulencias espirituales, el Señor se las ingenia para “pasarnos la voz” y dejarnos maravillados con los signos con los que nos muestra su cariño.
Hace unos días acompañaba a un amigo, era de noche, y sin tenerlo planificado me invitó a pasar a su casa a cenar. Yo no quería incomodar, así que le pedí me sirviera poco. Y, mientras me servía el plato, me acordaba del gesto de Jesús al lavar los pies a sus apóstoles (Juan 13); y también cuando, después de su Resurrección en el Lago de Tiberíades, les sirvió el desayuno a sus discípulos que volvían de pescar (Juan 21). Ya en otras ocasiones habíamos comido juntos, pero nos servían otros. Esta vez, en un gesto tan sencillo y tan común, vi una muestra de amistad y de aprecio, que es también un gesto de amistad y de aprecio del Señor.
Se me viene a la memoria también una experiencia que viví hace unos años con un grupo de niños de un colegio de Breña: había muerto un compañero de ellos, víctima de un accidente de tránsito. Estuve con ellos en el funeral y les acompañé de una manera muy cercana en este momento de dolor. Un año después me invitaron a acompañarlos a una romería a la tumba de ese niño. Fue una experiencia muy impresionante: estaban todos mas tranquilos, tuvimos la oración en la capilla del cementerio y, después de adornar y dejar flores en la tumba, los padres del difunto (que eran vendedores de golosinas en la Av. Alfonso Ugarte) nos sirvieron gaseosas, galletas, canchita. Quizás para muchos esto puede parecer una anécdota folklórica, de esas que se ven en la televisión con motivo del “Día de los difuntos”. Pero el ver que los papás del difunto compartían de su pobreza, con tanta paz, a pesar del duro golpe que habían sufrido, me hizo sentir la presencia del Señor en medio de ellos. Y recordaba un himno de la Liturgia del Jueves Santo: “Donde hay caridad y amor allí está Dios”. Regresé a casa muy enriquecido de esa experiencia que hoy recuerdo con silencio reverente.
San Ignacio de Loyola al final de los Ejercicios Espirituales, después de habernos sensibilizado para experimentar el paso del Señor en los días del retiro, nos invita a mantener esa misma sensibilidad, de tal manera que vayamos a nuestra vida diaria para ser “Contemplativos en la acción”, para “en todo amar y servir a su Divina Majestad”, para contemplar a Dios que se hace presente en todo gesto humano que busca el bien, y para que, con un corazón emocionado, podamos darle gracias por tanto bien recibido. Y aunque a veces nos lo olvidamos, el mismo se encarga, como dije al comienzo, de “pasarnos la voz”, con una sonrisa que nos alegra el alma.
Dentro de este orden de ideas, les transcribo unas anécdotas del P. Pedro Arrupe, S.J., que a mi me impresionan y me cuestionan mucho. Al leerlos, me doy cuenta que me falta mucho aprender de Jesucristo y de sus amigos que, con mucha sencillez, nos enseñan en todo a “amar y servir”.

Hace pocos años estaba yo visitando una provincia jesuítica de América Latina. Fui invitado como con cierto miedo, a decir una Misa en un suburbio, el más pobre de la región, según decían. Vivían allí unas 100,000 personas en medio del fango, pues estaba construido en medio de una cañada y cuando llovía se inundaba casi todo.
La Misa se tuvo en un pequeño cuarto todo destartalado y abierto, pues no había puerta alguna: perros y gatos salían sin dificultad. Comencé la Misa: los cantos acompañados por una guitarra de quien ciertamente no era un Segovia, pero el conjunto me resultó maravilloso:
Amar es entregarse, olvidándose de si
Buscando lo que al otro pueda hacerle feliz.
Que lindo es vivir para amar,
Que grande es tener para dar
Dar alegría y felicidad,
darse uno mismo eso es amar.
A medida que el canto iba avanzando yo sentí que se me hacía un nudo en la garganta y tenía que hacer un esfuerzo para continuar la Misa: aquella gente, que parecía no tener nada, cantaba estar dispuesta a darse a si misma para dar alegría y felicidad!
Tuve con ellos una homilía breve, dialogada: me dijeron cosas que difícilmente se oyen en los discursos de altos vuelos, cosas sencillísimas, pero profundas y humanamente sublimes. Una viejecita me dijo:
“¿Usted es el superior de estos padres, verdad? Pues, señor, muchísimas gracias, porque sus padres jesuitas nos han traído el gran tesoro que nos faltaba, lo que mas queremos, la santa Misa”. Otro jovencito declaró públicamente: “Señor padre, sepa que le queremos mucho, porque estos padres nos han enseñado a amar a nuestros enemigos. El día pasado tenía preparado un cuchillo para matar a un compañero hacia el que sentía mucho odio. Pero después de oír al padre explicarnos el Evangelio, fui, compre un helado, y se lo regalé a mi compañero”.
Al salir, un hombrachón que casi infundía miedo por su aspecto patibulario, me dijo: “
Venga a mi casa, tengo algo con que obsequiarle”. Quedé indeciso sin saber si debía aceptar, pero el padre que me acompañaba me dijo: “Acepte, padre, es muy buena gente”. Fui a su casa, que era una casita medio caída, y me hizo sentar en una silla media coja. Así desde yo estaba, se veía la caída del sol. Este hombre me dijo: “¡Señor, vea que lindo!”. Y nos quedamos en silencio durante unos minutos. El sol desapareció. El hombre añadió: “Yo no sabía como agradecer todo lo que ustedes hacen por nosotros. Yo no tengo nada que darle, pero creí que le gustaría ver esta puesta del sol. Le ha gustado ¿verdad? Buenas tardes". Y me dio la mano
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1 comentario:

Roberto dijo...

esa frase siempre la tendre presente hasta mi ultimo dia de vida!!