sábado, 8 de julio de 2017

AL MAESTRO CON CARIÑO

El título del presente artículo nos recuerda a la película del mismo nombre protagonizada por Sidney Poitier, y trata de la historia de un maestro negro, Mark Thackeray, quien tiene a su cargo un grupo de alumnos de conducta difícil en Londres y que, con mucha paciencia y empeño no solo logra transmitirles conocimientos, sino también hacer de ellos mejores personas.
La celebración del "Día del Maestro" siempre es motivo para reflexionar en esta noble tarea. Un buen maestro no solo transmite conocimientos, sino que forma a la persona, le marca la vida, puede despertar en ellos los mejores valores y talentos, o simplemente dejarlos apagados; puede crear gente triunfadora o gente mediocre; puede hacer de ellos mejores personas o gente sin mayor aspiración. Y todo eso no se hace solo con palabras y discursos, sino con el ejemplo, con el trato, con la forma de proceder. No puedo dejar de recordar otra película que vi hace poco mas de 11 años: "Les Choristes" ("Los chicos del coro"), que narra la historia de un maestro que, a través del canto y la música y dando un trato diferente, puede cambiar el corazón de los muchachos de un reformatorio.
Pero así como los maestros nos "marcan", también los alumnos dejamos una grata huella en quienes nos educan. Quizás el mejor elogio que podemos escuchar es que nuestros maestros, entre tantos que han educado y a pesar de los años, recuerdan nuestro rostro y nuestro nombre. El año pasado, después de mas de cuarenta años volví a ver a mi profesora de Inicial Inés Gutiérrez, que me visitó en la iglesia de la Soledad: no puede contener la emoción que ya casi no podía seguir cantando en la Misa (tuve que pedir a un hermano cofrade que cantara fuerte), y fue impresionante cuando me dijo "Nunca te he olvidado". Meses mas tarde, con motivo del almuerzo por la celebración de las Bodas de Perla de mi promoción de Colegio, en el momento de la entrega de los recuerdos, mi Profesora Agripina Canales dijo: "Esto es para Manuel, un alumno inolvidable".
Por mi parte, siempre me ha gustado enseñar. Durante muchos años he dirigido acólitos y he preparado a muchos niños para la Primera Comunión en la Parroquia de Nuestra Señora de los Desamparados (no en vano, cuando hice el Pregón de Semana Santa el 2015, Luis Ángel Olivera dijo que yo me caracterizaba por "dedicarme a la formación de los más pequeños"); pero también he enseñado a jóvenes y adultos en diversas ocasiones. Cada grupo humano es distinto, con los niños me he sentido un niño más, un amigo más; con los adultos la experiencia es distinta, es más exigente y a veces más gratificante. Creo que mi vocación está más en la enseñanza que en el Derecho; y gracias a Dios y a mis Hermanos de la Soledad, en la actualidad puedo desempeñarla como catequista de Primera Comunión, encargado de acólitos y Secretario de Formación de nuestra institución.
Y como todos he tenido alumnos con diversas formas de proceder: unos nos invitan a aprender y enseñar mas, y otros que no se interesan por mucho; los que están porque les interesa, y los que solo lo hacen por cumplir; los que escuchan todo sin decir nada, y los que critican todo; los que acogen con corazón sencillo lo que uno comparte, y los que creen saber mas que uno y buscan demostrar que sus otros maestros son mejores que uno; los agradecidos que ponen en practica lo aprendido, y los que no dan valor a lo que uno les enseña (seguramente el aludido debe estar leyendo estas lineas)... Hay de todo y no me asusta; mas bien mi deber es comprender a cada uno de ellos porque también en ocasiones he actuado igual; "tratar iguales a los iguales, y desiguales a los desiguales", como decía el Dr. Mario Pasco en la Universidad; y adaptarnos a los diversos procesos de cada persona, como bien aprendí con los Jesuitas.
Gracias a todos mis Maestros, desde el colegio, la universidad, la pastoral, la música, la liturgia, la vida profesional, la vida espiritual, y la vida como Soleano; perdonen que no mencione nombres pero, como ya dije en otro momento, mencionar a unos es ser injusto con otros. Sigo aprendiendo de ustedes y pido a Dios que haga fructificar lo que ustedes han sembrado.
Gracias a quienes me recibieron como maestro y formador en diversos momentos de mi vida. Gracias a los maestros que conozco, y que me animan a hacer las cosas mejor; y gracias a los alumnos y discípulos que me han hablado bien de sus maestros (se me viene a la mente las palabras de gratitud de M. Virginia Luzquiños de las Misioneras Parroquiales, hablándome muy bien de su Maestra de Novicias M. Carmen Murrugarra).
Y gracias al "Anselmo" y a sus alumnos que ayer me dieron el porta lapiceros que aparece en la foto de este artículo como regalo por el "Día del Maestro". La verdad, el cariño de estos niños, ya recompensa muchísimo lo poco que hago por ellos.

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