sábado, 23 de noviembre de 2019

UN REY DISTITNTO

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO
Ciclo "C"

Lecturas bíblicas
1º Lectura: 2 Samuel 5, 1-3
Salmo 121: Vamos alegres a la casa del Señor
2º Lectura: Colosenses 1, 12-20
Evangelio: Lucas 23, 35-43

El pasaje del Evangelio de esta solemnidad con la que cerramos el año litúrgico 2019, nos sitúa en el Calvario: Jesús está en la cruz, agonizante, a su lado dos malhechores, mucha gente se encontraba en Jerusalén para la fiesta de la Pascua y debería estar sobrecogida al ver que, durante los días de la fiesta más importante para los judíos, el profeta que hacía milagros era ajusticiado.
Y mientras está en la cruz solo escucha insultos y burlas: "Que se salve a si mismo, si él es el Mesías". Para alguien que está agonizante estas palabras son una gran tentación, Jesús es el Mesías, el Ungido del Señor, podía bajarse de la cruz y demostrar su poder, todo Jerusalén quedaría impactado ante esta manifestación de su grandeza, no quedaría duda alguna, estarían ante un rey todopoderoso, al cual hay que servir a toda costa. Pero Jesús sigue en la cruz, tiene que llevar a cabo la salvación de la humanidad, y debe pasar por la muerte, como cualquier ser humano; seguramente alguno quedaría decepcionado al ver esa derrota, no se trataría del Mesías, sino de un falso profeta, como tantos que han surgido a lo largo de su historia.
Y en medio de esa terrible experiencia uno de los delincuentes que estaban en la cruz, le dice: "Jesús, acuérdate de mi cuando llegues a tu Reino". Quizás no nos demos cuenta de la magnitud de estas palabras  porque ya la hemos escuchado tantas veces en la liturgia y en las películas, que solo las repetimos por costumbre; pero pensemos un poco: ¿alguien, en su sano juicio, puede creer que un condenado a muerte, desangrado y desfigurado, insultado por la gente, puede ser un rey? ¿podría usted hacerlo, amable lector? Y no solo eso, aquel malhechor se pone como el más humilde de los súbditos, casi sin saber que decir, solo le pide a Jesús que, cuando llegue el día de su gloria, se acuerde de él. La respuesta de Jesús no será para dentro de miles de años, "Hoy estarás conmigo en el paraíso", hoy, el ladrón perdonado, estará en el Reino.
Jesús en la cruz no se parece en nada a los reyes de los cuentos de hadas que hemos leído de niños, tampoco se parece a los reyes que hemos conocido por historia: Carlos V, Felipe II, Enrique VIII; es por el contrario un rey crucificado, un rey que se hace solidario con los que sufren, que ocupa el lugar de un delincuente, que ha pasado por su vida sirviendo a sus hermanos, antes que pidiendo honores y pleitesías, un rey que ha lavado los pies a sus discípulos como un esclavo más. Celebrar a Jesucristo Rey del Universo es celebrar a un rey todopoderoso, triunfador del pecado y de la muerte, cuya grandeza no está en hacer gala de su poder, sino en hacerse uno de entre nosotros; un rey que quiere conquistar el mundo no a la fuerza del sometimiento humano, sino haciendo discípulos y amigos que sigan sus pasos; un rey "ungido del Señor" que nos hace partícipes de su realeza en el bautismo; un rey que abre los brazos en una cruz de dolor, para acoger y a abrazar con cariño a la humanidad y llevarla a su Reino.
"Reine Jesús por siempre, reine su corazón, en nuestra patria y en nuestro suelo, que es de María la nación". Que este canto nos recuerde que Jesús quiere reinar en nuestros corazones, para poder reinar en el mundo entero. A eso estamos llamados sus súbditos que, mas que siervos, somos amigos de un Rey que nos ha robado el corazón y nos compromete a construir su Reino de paz y justicia, sin miedo a la cruz porque, si le hemos seguido en la pena y en la cruz, también le seguiremos en la gloria (Cf. Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola).

sábado, 16 de noviembre de 2019

¿Y CUANDO VA A SER ESO?

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo "C"

Lecturas Bíblicas:
1º Lectura: Malaquías 4, 1-2a
Salmo 96: El Señor llega para regir la tierra con justicia
2º Lectura: 2 Tesaloniceneses 3, 7-12
Evangelio: Lucas 21, 5-9

El Evangelio nos sitúa en los días previos a la pasión: Jesús ha entrado en Jerusalén y sus discípulos comienzan a admirar la belleza del templo, orgullo del pueblo judío. No era el templo que edificó Salomón (destruido cuando deportaron a los judíos a Babilonia), sino uno posterior. El templo era el centro del culto, lugar donde se ofrecían a Dios holocaustos y sacrificios por el perdón de los pecados. Aunque parezca sorprendente el templo de Jerusalén se asemejaría mas a un matadero o "camal" que a una catedral de las que conocemos, donde el olor del incienso se mezclaba con el de la carne quemada. 
Un templo tan impresionante sería casi la imagen de la "eternidad", de algo indestructible. Pero no es así: todo será destruido, no quedará piedra sobre piedra. Al pensar en esto, no puedo dejar de recordar en el incendio de la Catedral de Notre Dame en abril pasado: ¿quién se imaginaría que aquel imponente templo medieval, que durante siglos fue la imagen de París, se incendiaría en plena Semana Santa? Y ni que se diga de la destrucción de las Torres Gemelas en 11 de septiembre del 2001, cuando vimos por televisión como dos aviones colisionaron contra el centro financiero más importante del mundo y todo se vino abajo... Ver estos acontecimientos nos parecía increíble, algo se acababa, parecía el fin. Esa fue la sensación de los discípulos de Jesús al oír este anuncio: no solo era el fin de un monumento (que ocurrió en el año 70 cuando las tropas romanas sitiaron y destruyeron Jerusalén, y con la ciudad el Templo), sino era la visión del final de los tiempos: se acabó todo, era el fin del mundo.
Y por eso las palabras de Jesús no solo se refieren a la destrucción de Jerusalén, sino al fin del mundo, a un periodo en el cual habrán falsos profetas, guerras, desastres naturales y persecuciones; y ante un panorama tan desolador, la invitación de Jesús no es a tener miedo, ni a andar asustado, sino a perseverar con valentía y con la absoluta confianza en que "ni un cabello de nuestra cabeza perecerá", que pase lo que pase, si somos fieles, Dios nos salvará.
Debemos ser sinceros: siempre han habido guerras, desastres naturales, persecuciones; y en medio de estos acontecimientos surgen los falsos profetas que nos invitan a seguirlos; siempre los ha habido, y no hay que asustarnos de ello; la diferencia está en que antes no nos enterábamos porque las noticias viajaban más despacio, en cambio, en los últimos años y gracias al internet, nos enteramos de todo casi de inmediato.
"¿Y cuándo va a ser eso?" Al igual que el tema de lo que hay después de la muerte, el fin del mundo es otro de los temas que inquieta a la humanidad ¿cuando sucederá? Que miedo, ojalá no veamos eso... Y cada año andamos pendientes de las profecías y vaticinios que algunos esotéricos comienzan a publicar, recurrimos a adivinos para que nos lean las cartas, la mano y hasta las hojas de coca. Y nuestra confianza en Dios ¿cómo queda?
Las lecturas de hoy no son una invitación al miedo, a pensar que el fin es tan inminente que ya no tiene sentido trabajar o estudiar; esa es la crítica que hace San Pablo a algunos cristianos de Tesalónica que andan metiéndose en todo y no trabajan porque el fin del mundo es inminente; por eso tendrá una frase muy dura "el que no trabaja, que no coma".
No interesa cuando será el fin del mundo, quizás nuestra muerte legue más rápido y allí se habrá acabado nuestro mundo. Lo que importa es perseverar, seguir con nuestra vida haciendo la voluntad de Dios, caminando sin angustias ni miedos. Dios no nos quiere miedosos, ni meros espectadores de los acontecimientos del mundo, nos quiere constructores de su Reino, optimistas y alegres, empeñados en hacer que su Evangelio, que es Buena Noticia, y no anuncio de calamidades, llegue a toda la humanidad, comenzando por los que están cerca de nosotros.

sábado, 9 de noviembre de 2019

LA MUERTE NO ES EL FINAL

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo "C"

Lecturas Bíblicas:
1º Lectura 2 Macabeos 7, 1-2. 9-14
Salmo 16: Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor
2º Lectura: 2 Tesalonicenses 2, 15- 3,5
Evangelio: Lucas 20, 27-38

"Se que la muerte es solo cerrar los ojos, dormir en paz,
y despertarse alegre en tu bondad,
se que en tus brazos, Padre, la noche estalla de claridad,
cuando nos das tu beso de eternidad"
(Canción "Mi amigo vive" de Cesáreo Gabaraín)

El relato de la primera lectura es realmente escalofriante: siete jóvenes son torturados y asesinados por causa de su fe, en presencia de su madre; pero hay algo sorprendente:no son como aquellos que enarbolan una causa política, esperando que esta triunfe, mueren confiando en Dios, que los resucitará para la vida eterna como recompensa por su fidelidad.
En tiempos de Jesús el tema de la resurrección de los muertos no estaba del todo zanjado: los fariseos creían en ello, los saduceos (grupo al que pertenecía la casta sacerdotal) no; por ello, son estos últimos quienes le plantean a Jesús el caso de la mujer que se casa con un hombre que muere sin dejar descendencia y, en cumplimiento de la "Ley del levirato" (que mandaba casarse al hermano con la viuda para dar descendencia al difunto) esta mujer se casó con siete hermanos, no tiene descendencia y al final muere ella. Cuando resuciten los muertos ¿quién será su marido? Me imagino que Jesús, al oír su inquietud, habrá soltado una carcajada y podría decir, como una propaganda que se hacía en los años setenta "Esa pregunta ni se pregunta".
La realidad después de la muerte es diferente a la de este mundo: en la resurrección ya no habrá matrimonio ni muerte, "son como ángeles, son como hijos de Dios", y Él será su realidad, su gozo su paz. Pero Jesús, además, reafirma la enseñanza: Dios es un Dios de vivos y no de muertos, los que ya no están en este mundo viven para Dios.
¿Qué hay después de la muerte? Esta es la pregunta que durante siglos se ha planteado la humanidad, muchas civilizaciones han intuido que hay vida después de la muerte, y realizaban ritos funerarios preparando a sus difuntos para el viaje al "mas allá" de la manera mas agradable posible; también han querido averiguar, a través de espiritistas y brujos como es la vida después de la muerte y alguna "información" para sacar ventaja en alguna situación difícil. En eso quizás nos parecemos a los saduceos, en que queremos "saber" que hay fuera de este mundo, sin tomarnos en serio que nos espera una resurrección para la vida, si es que somos fieles.
Sabemos que vamos a morir, lo recordamos la semana pasada que conmemoramos a los fieles difuntos; pero también sabemos que Dios no nos ha creado para que pasemos algún tiempo en la tierra y después desaparezcamos, que nos quiere vivos en su Reino, nos quiere resucitados para la vida eterna. Esa confianza, que ya la tenían los hermanos Macabeos, nos la fortalece Jesús, el vencedor de la muerte, el primer resucitado; no interesan los detalles de "como es" el mas allá. algunos santos videntes usarán figuras y símbolos para hablar del cielo donde está Dios, del purgatorio donde nos purificamos antes de llegar al cielo, o del infierno donde el mayor tormento es no poder gozar jamás de la gloria de Dios.
Hoy pongamos nuestra confianza en Jesús que nos promete la resurrección para la vida eterna si es que somos fieles; que no quiere la muerte de ninguno de sus hijos a los que ha llamado a la vida por amor. Pongamos nuestra esperanza en María a quien le decimos con frecuencia "Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte".

viernes, 1 de noviembre de 2019

LA ALEGRÍA DE LA CONVERSIÓN

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo "C"

Lecturas Bíblicas:
1° Lectura:Sabiduría 11, 23-12, 2
Salmo 144: Te ensalzaré, Dios mío, mi Rey.
2° Lectura: 2 Tesalonicenses 1, 11- 2, 2
Evangelio: Lucas 19, 1-10

Zaqueo era "jefe de publicanos", como si el Evangelio quisiera decirnos que era "peor que los otros", mas abusivo, más ladrón, mas corrupto: vivía en Jericó (se me viene a la mente la parábola del Buen Samaritano, en que el hombre fue asaltado camino a esa ciudad, como si la zona fuera un poco peligrosa); y además de baja estatura (¿por qué siempre en la televisión los jefes de las mafias son "chatos"?).
Pero este hombre pecador tuvo la curiosidad de conocer a Jesús, no le interesa treparse a un árbol como si fuera un niño, solo quería ver al Maestro de quien seguramente ha oído hablar. Y Jesús lo ve, y lo llama. "Tú que has venido a llamar a los pecadores, Cristo ten piedad", rezamos en el Acto penitencial de a Misa. Jesús ha llamado por su nombre a un pecador y va a comer a su casa. ¡Qué escándalo! Un profeta un hombre de Dios no debe entrar a comer en casa de un pecador, de un corrupto, de un traidor a la patria, servidor de Roma. Pero si de salvar a una persona se trata, Jesús no tiene problema en entrar a su casa.
Zaqueo está contento, ¿qué habrán conversado? No creo que Jesús se haya dedicado a recriminarle por sus pecados, seguro habrá sido la comida más alegre y feliz que Zaqueo haya tenido. Y este encuentro fue suficiente para tomar la mejor decisión de su vida: arrepentirse de su pecado, enmendarse y reparar el daño que haya hecho. Y nadie le impone ninguna penitencia, él solito dice "Doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he abusado de alguien le devolveré cuatro veces mas". Y no hay ningún pesar, ni una cara larga, ni un momento desagradable; Zaqueo está feliz porque Jesús lo llamó con cariño, fue a su casa, bastó ese encuentro para que todo cambie.
"Te compadeces de todos... cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan... Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida". Dios nos ha creado con amor, y quiere que vivamos una vida digna; el pecado destruye esa vida que Dios ha creado, pero Él, en lugar de buscar vengarse, da muchas oportunidades al ser humano, a fin de que se arrepienta: "a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida"; a pesar de nuestros pecados Dios nos ama y nos quiere vivos, por ello nos perdona, es "lento a la cólera y rico en piedad".
Jesús nos dijo que "hay mas alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse", pero la alegría no se quedó en el cielo, sino que llegó y desbordó el corazón de Zaqueo. ¿Sentimos alegría cuando Dios nos perdona? En el sacramento de la Penitencia ser da ese encuentro entre Jesús y el pecador, un encuentro que sana el corazón afligido, pero que debe dar vida, esperanza y alegría aún al pecador mas miserable. La penitencia que se impone en las confesiones ¿son oraciones dichas por rutina o buscan reparar en algo el daño causado por el pecado? Recuerdo a un sacerdote que, a los niños que se confesaban que se habían portado mal con su mamá, les decía "En penitencia anda a darle un beso a tu madre", y es que el beso de un hijo arrepentido, puede reparar mucho más que rezar cien veces el Padre nuestro de manera mecánica.
Hoy pidamos al Señor la alegría de la conversión, que brota del encuentro con Dios que tiene misericordia de sus hijos, que nos hace capaz de reparar el daño ocasionado por nuestros pecados. Pidamos esa alegría de la conversión para aquellas personas que no hacen nada por corregirse, que descubran el rostro de Dios que los amó desde siempre y los llamó a la vida como sus hijos para siempre.