
Mientras alistaba la maleta
la noche del lunes 9 de marzo, mi mamá me hacía algunas advertencias para que
no me contagie del coronavirus (no había forma en ese entonces, pero igual).
Así el martes 10 muy temprano partí a San juan de Lurigancho. Los encontré en
pleno desayuno, Sor Reynita y mis amigos Álvaro (no el niño, sino el estudiante
de ingeniería que también es parte de la Comunidad de San Tarcisio,) Denilphson
y Mateo me recibieron con mucho cariño, me sentí acogido.

Hacia las 2 de la tarde regresamos al local comunal y nos pusimos a jugar “mata gente”, el juego de las sillas, algunos bailes, entre otras actividades, en la canchita del barrio, algunos niños nos acompañaron y fue muy divertido; después de eso un baño y un momento de descanso, que aproveche para conversar con algunos jóvenes, después de todo había ido para acompañarlos. Mientras llegaba la hora de comer Sergio, Víctor, José y Erick me invitaron, con cierto recelo, a jugar “ocho locos” con las cartas, nos divertimos hasta que una chica vino con una escoba a sacarnos del dormitorio para ir a comer y a reunión (creo que se sorprendió cuando me encontró allí), fue gracioso comentar que nos sacaron “a escobazos”.

Después de la reunión a
descansar, cada uno tenía una cama de acampar, (no dormimos en el suelo), hacía
calor, pero mejor no desabrigarse; y mientras trataba de conciliar el sueño mi cuñado
me mandaba mensajes al celular “se vienen tiempos difíciles por el
coronavirus, avísale a tu mamá para ir a comprar víveres y algunas cosas más”;
yo solo pensaba que eran mensajes exagerados y apocalípticos; sin imaginarme lo
que vendría después.
Por la mañana rezamos juntos
en un ambiente que funcionaba como capilla, y mientras escuchaba cantar el “Himno
del misionero”: “Vamos a tocar a cada puerta, tenemos una vida que llevar, con
alegría y fe, en un nuevo amanecer…” (perdonen si no recuerdo bien la
letra), se me hacía un nudo en la garganta, como les dije otra vez, soy muy
llorón.
Ese día compartí el desayuno
con Sergio y con David, un joven que participa en política en las filas del
partido Acción Popular, con quien tuve una conversación interesante, pero quedó
inconclusa. Después de eso a limpiar y poner en orden la casa (regresaban al
día siguiente muy temprano para irse de Ejercicios Espirituales antes de comenzar
el semestre), mientras íbamos realizando nuestras tareas comenzaban a llegar
las noticias: se suspendía el inicio del año escolar y estaba en veremos las clases
universitarias, la clausura de Año Jubilar por el IV Centenario de la Hechura
del Cristo del Descendimiento corría peligro de suspenderse. Por mi parte debo
confesar que, como suele suceder en experiencias como esta, dormí mal, y llegué
a la conclusión que ya no tengo físico para irme de campamento como hacía en
mis buenos tiempos con los Acólitos de Desamparados, se lo comenté a Mateo y me
preguntó inquieto “¿Ya no piensas volver?”, yo le dije que sí, pero
pensaba “Dos días son cortos, debería venir tres”.
Después del almuerzo me
despedí de todos con el corazón muy agradecido por haber compartido con ellos,
Erick me acompañó a tomar el colectivo y regresé a casa, donde encontré que
habían comprado víveres como si fuera a venir una guerra. Esa noche los misioneros
tuvieron su comida de despedida, y una pequeña celebración, muy agradecidos con
las señoras del local del “Vaso de leche” que los acogieron durante esos días;
por mi parte grabé un video, desde la sacristía de la iglesia de la Soledad
(cuyo arreglo estaba casi terminado), agradeciéndoles por la acogida.

Escribo estas líneas con un
corazón agradecido a Sor Reynita Vilchez que me dio la oportunidad de acompañarlos,
a pesar de que soy miedoso para subir cerros; a los chicos y chicas de “Misiones
Universitarias”, en especial a Álvaro, Denilphson, Mateo, (gracias por ayudarme
a bajar el cerro, sino fuera por ustedes me habría dado algún golpe) David (tenemos
pendiente una conversación), Sergio, Víctor, José, Erick (está pendiente otro
juego de cartas); gracias a todos porque siendo un “misionero de escritorio” y
trabajar en otra área del CAPU, me sentí parte de su familia y de su historia;
y he sido testigo del “Paso del Señor” por la vida de ustedes.
Gracias por tanto bien
recibido y espero compartir de nuevo con ustedes otra experiencia tan enriquecedora
como esta.